Arlette, con trece años ya había trabajado en los algodonales durante toda una temporada. Cumplía un año en la granja de Victorien Kambire el primer día de
noviembre. Esa misma mañana, se despertó antes que nadie; metió
la mano bajo su colchoneta y sacó una adaptación infantil en francés de La isla
del tesoro y una mina desnuda de lapicero. Aún era de noche, pero no tuvo que
esperar demasiado para que las primeras espigas de sol que entraban por las
ventanas le dejaran llevar a cabo su cometido.
Abrió el libro por la
última página, comprobó que estaba en blanco, cogió aire, tiró de ella con
cuidado hasta arrancarla, se secó la lágrima que rodaba mejilla abajo y se dispuso
a escribir.
« Manjou, hermano mío,
es Arlette, o sea yo, la que te escribe esta carta desde Burkina Faso.»
Arlette, miró la
portada desconchada del libro, y se preguntó si Manjou habría conseguido llegar
a Costa de Marfil. Hacía ya un año que la había dejado a cargo de Victorien
para marchar en busca de trabajo. A ella, le gustaba cerrar los ojos y recordar,
como otras tantas veces, el beso en la mejilla que le dio su hermano antes de
montarse en la camioneta. Cada vez que lo hacía, sentía de nuevo el roce de su
barba espesa y la ternura de sus ojos hundidos y enormes, que brillaban en sus cuencas como
una antorcha al final de una cueva. Lo veía de espaldas, partir sobre sus
sandalias y enfundado con sus mejores galas: un pantalón de pana marrón y una
camiseta de algodón, que a pesar de que un día fue blanca, ahora tenía un tono
cercano al de los pantalones.
Un ruido cercano la
sacó de su espejismo. Sobresaltada, recorrió la habitación con la vista, pero
tan solo era un niño retorciéndose en su camastro. Volvió a respirar tranquila antes
de seguir.
«Lo siento mucho –
escribió-. No me ha quedado más remedio que hacer esta carta con una hoja del
libro que me dejaste. Ya sabes lo que me gusta, es lo único que me queda de ti,
así que espero que entiendas que esto es importante.
Te echo mucho de menos, y también las tardes que pasabas enseñándome a leer y a escribir, aunque te
habrás dado cuenta de que he mejorado mucho. Yo creo que es porque he leído mil
veces la Isla del Tesoro…»
Arlette contuvo un
sollozo y continuó.
«Hoy es el primer día
de la cosecha del algodón y no voy a poder aguantar otro año más. Ayer acabamos
de arar. En otras granjas utilizan animales, pero aquí, Victorien dice que no
tiene dinero para bueyes y lo tenemos que hacer nosotros con una azada. Me
duele la espalda y los brazos de cavar. Y también la cabeza, pero no de cavar.
Me duele porque si Victorien nos ve descansar un poquito nos grita nos obliga a
seguir. Y si ve que no nos quedan fuerzas se acerca con un palo y nos da en la
cabeza hasta que volvemos a la faena. Por las noches tampoco puedo descansar
porque dormimos sobre un colchón tan duro y tan fino, que solo me sirve para esconder ahí tu regalo para que
no me lo quite nadie.»
Mientras escribía, la
mina se partió en dos. Una de las partes se perdió en el manto de colchones que
cubrían el suelo; el otro trozo, en cambio, se quedó en su mano. Miró el trozo
de carbón y suspiró aliviada al tiempo que miraba más allá de la ventana. Donde
ahora veía tierra estéril, dentro de unos meses las flores de algodón regarían
de púrpura el valle. Arlette, al imaginarse tal paisaje, no pudo evitar
recordar que en primavera, Manjou siempre robaba una flor de algodón para ella.
Y aunque nunca supo cómo se las arreglaba para conseguirlo, cada vez que se
veían acababa luciendo los pétalos de color carmesí en su pelo.
«Hermano, ven y llévame
contigo. No me dejes aquí, que si me quedo otro año voy a morir. No puedo
aguantar más los golpes de Victorien en la cabeza, ni las horas al sol cavando,
ni cargar los fardos de algodón de aquí para allá… Manjou, pídeme lo que
quieras. Yo puedo trabajar, se hacer cosas. Puedo ganar dinero, y te prometo
que te lo daré todo. No me quedaré nada. Hasta puedo esforzarme para que tú no
tengas que hacerlo y que así puedas hacer lo que siempre has querido: estudiar
Filosofía. Sí… déjame estar a tu lado cuando seas un gran pensador. No sé de
qué otra forma pedírtelo, ni tampoco sé si recibirás esta carta, pero si lo
haces tengo la esperanza de que me rescates de este infierno.
Arlette Kamboule.
Te espero, hermano.»
Arlette soltó la mina y alzó la carta. La releyó y comprobó que, a su juicio,
no había faltas de ortografía. «Cuando la lea, estará orgulloso de mí»,
pensó antes de doblarla con prisas y salir de la choza de adobe esquivando los
huesos durmientes. Fue corriendo hasta la casa de un amigo de Manjou; Arlette
había escuchado que éste iba a irse a Costa de Marfil a buscar trabajo y pensó
que él le podría dar la nota a su hermano.
El amigo recibió la carta y le
prometió dársela si lo veía. Arlette volvió corriendo a la finca de Victorien.
Una vez dentro de la casa, escondió el libro y lo que quedaba de mina e
intentó dormir un poco antes de que comenzara la jornada.
La esperanza la arrastró hasta el mundo de lo
onírico, donde se encontró a Manjou, acercándose hacia ella, con parsimonia,
entre los surcos de la tierra, con una flor del algodón en cada mano.
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