domingo, 24 de febrero de 2013

Música para bailar


Para mí, como poco ha sido el descubrimiento del año. Quizá de mi vida, aunque aún es pronto para dejar escrita esta afirmación. Yo era una escéptica de todos esos aparatos y utensilios eróticos; que sabes por donde entran aunque no por donde salen. Pero, ¿qué os voy a decir? Mi opinión sobre estos juguetitos ha cambiado gracias a él, y perdonadme si me refiero a “él” como si fuera una persona, pero es que se ha ganado mi apego. Lo conocí, o mejor dicho, me hice con él, a través de mi amiga Ana. Fue ella quien lo compró, pero se hizo novio. A éste, por lo visto, no le gustó demasiado que un androide antropomorfo estuviera más tiempo dentro su amada que él y le dijo: « O el cacharro o yo, tú verás ». Ana, tras pensárselo durante  dos semanas decidió venderlo, y después de unas cuantas historias que ahora no vienen a cuento, llegó a mi cama; bueno, y a mi ducha, a mi sofá, a mi coche, a mi encimera, a mi oficina y a otros sitios que no sé muy bien por qué me da pudor enumerar.

Era lo último de lo último. El robot sexual más potente de todo el mercado. Tecnología japonesa; una delicia. A causa de que el modelo venía grabado en nipón no me enteré de cómo se llamaba hasta que en una de las veces que quedé con Ana, me preguntó: « ¿Qué tal el Pez Dorado? ». Supongo que al ver mi cara, desconcertada, se decidió a explicarme que era la traducción al español del nombre del ejemplar. Una vez ya sabiendo eso, contesté casi sin darme cuenta: « ¡Vaya, pues si que es verdad que tiene una anguila de oro! ».  Y ya ni te cuento si sabe usarla: así me quedó claro desde el momento que lo estrené.

La primera vez que tuve su áureo tiburón entre mis piernas sentí -¿cómo explicarlo…?-, que había una parte de virginidad que no me había sido arrebatada hasta ese momento.  Sí, efectivamente: fue algo nuevo, genial y vibrante –y esto último no es en sentido figurado-. Cuando fui a recogerlo al piso de Ana me dijo que funcionaba al contrario que los perros, que a éste había que moverle el rabo para que se pusiese contento. Yo, al llegar a casa, seguí su consejo, eso sí, con cierta desconfianza. Y como si fuera el genio más apuesto y cachondo del mundo, abrió los ojos al frotar un poco su lámpara. Desde entonces todo fue frenesí.

Me miró con sus ojos marrones y lo primero que se me pasó por la cabeza fue asombro por lo real que parecía: no era como un maniquí, ni como un muñeco hinchable. No, no, era todo un hombre, puede que no por dentro, pero para lo que yo lo quería era todo un hombre. Y mientras yo estaba ahí, atontada, pensando en que no se parecía en nada al consolador con patas y cabeza que yo me había imaginado, me agarró de la cintura y me acercó hasta su boca. Joder qué bien besaba. Ana me lo había entregado programado en modo duro, y cuando me quise dar cuenta me había arrancado la ropa. Asombroso; en diez segundos había destrozado todo lo que llevaba puesto, y todo sin separarse de mi boca. Pero nada de eso se puede comparar con cuando me tiró al suelo, y caminando a bocados franqueó la frontera de mi ombligo. Qué lengua. En un santiamén, consiguió un océano entre mis muslos para que su marrajo nadase a sus anchas. Y qué ancho…

Me besó, me lamió e iluminó todas mis cuevas con su luz calentita. Me embistió y me hizo balancearme sobre él hasta hacerme gritar. Acabé rendida, extasiada, sudada, y por qué no decirlo, algo escaldada. ¡Qué descubrimiento! Era perfecto; sí, una maravilla. Aunque, ahora que lo pienso mejor, puede que tuviera  alguna pega: debido a un fallo de fábrica, en vez de reproducir el sonido de un gemido, hacía sonar melódicos conciertos de acordeón cuando se acercaba al culmen de su actuación. Las primeras veces, me resultó extraño, incluso perturbador, pero he de reconocer que con el tiempo he adquirido tal dependencia a esas melodías de acordeón que no puedo tener sexo sin ellas.

martes, 19 de febrero de 2013

Arlette


Arlette, con trece años ya había trabajado en los algodonales durante toda una temporada. Cumplía un año en la granja de Victorien Kambire el primer día de noviembre. Esa misma mañana, se despertó antes que nadie; metió la mano bajo su colchoneta y sacó una adaptación infantil en francés de La isla del tesoro y una mina desnuda de lapicero. Aún era de noche, pero no tuvo que esperar demasiado para que las primeras espigas de sol que entraban por las ventanas le dejaran llevar a cabo su cometido.

Abrió el libro por la última página, comprobó que estaba en blanco, cogió aire, tiró de ella con cuidado hasta arrancarla, se secó la lágrima que rodaba mejilla abajo y se dispuso a escribir.

« Manjou, hermano mío, es Arlette, o sea yo, la que te escribe esta carta desde Burkina Faso.»

Arlette, miró la portada desconchada del libro, y se preguntó si Manjou habría conseguido llegar a Costa de Marfil. Hacía ya un año que la había dejado a cargo de Victorien para marchar en busca de trabajo. A ella, le gustaba cerrar los ojos y recordar, como otras tantas veces, el beso en la mejilla que le dio su hermano antes de montarse en la camioneta. Cada vez que lo hacía, sentía de nuevo el roce de su barba espesa y la ternura de sus ojos hundidos  y enormes, que brillaban en sus cuencas como una antorcha al final de una cueva. Lo veía de espaldas, partir sobre sus sandalias y enfundado con sus mejores galas: un pantalón de pana marrón y una camiseta de algodón, que a pesar de que un día fue blanca, ahora tenía un tono cercano al de los pantalones.

Un ruido cercano la sacó de su espejismo. Sobresaltada, recorrió la habitación con la vista, pero tan solo era un niño retorciéndose en su camastro. Volvió a respirar tranquila antes de seguir.

«Lo siento mucho – escribió-. No me ha quedado más remedio que hacer esta carta con una hoja del libro que me dejaste. Ya sabes lo que me gusta, es lo único que me queda de ti, así que espero que entiendas que esto es importante.

Te echo mucho de menos, y también las tardes que pasabas enseñándome a leer y a escribir, aunque te habrás dado cuenta de que he mejorado mucho. Yo creo que es porque he leído mil veces la Isla del Tesoro…»

Arlette contuvo un sollozo y continuó.

«Hoy es el primer día de la cosecha del algodón y no voy a poder aguantar otro año más. Ayer acabamos de arar. En otras granjas utilizan animales, pero aquí, Victorien dice que no tiene dinero para bueyes y lo tenemos que hacer nosotros con una azada. Me duele la espalda y los brazos de cavar. Y también la cabeza, pero no de cavar. Me duele porque si Victorien nos ve descansar un poquito nos grita nos obliga a seguir. Y si ve que no nos quedan fuerzas se acerca con un palo y nos da en la cabeza hasta que volvemos a la faena. Por las noches tampoco puedo descansar porque dormimos sobre un colchón tan duro y tan fino, que solo  me sirve para esconder ahí tu regalo para que no me lo quite nadie.»

Mientras escribía, la mina se partió en dos. Una de las partes se perdió en el manto de colchones que cubrían el suelo; el otro trozo, en cambio, se quedó en su mano. Miró el trozo de carbón y suspiró aliviada al tiempo que miraba más allá de la ventana. Donde ahora veía tierra estéril, dentro de unos meses las flores de algodón regarían de púrpura el valle. Arlette, al imaginarse tal paisaje, no pudo evitar recordar que en primavera, Manjou siempre robaba una flor de algodón para ella. Y aunque nunca supo cómo se las arreglaba para conseguirlo, cada vez que se veían acababa luciendo los pétalos de color carmesí en su pelo.

«Hermano, ven y llévame contigo. No me dejes aquí, que si me quedo otro año voy a morir. No puedo aguantar más los golpes de Victorien en la cabeza, ni las horas al sol cavando, ni cargar los fardos de algodón de aquí para allá… Manjou, pídeme lo que quieras. Yo puedo trabajar, se hacer cosas. Puedo ganar dinero, y te prometo que te lo daré todo. No me quedaré nada. Hasta puedo esforzarme para que tú no tengas que hacerlo y que así puedas hacer lo que siempre has querido: estudiar Filosofía. Sí… déjame estar a tu lado cuando seas un gran pensador. No sé de qué otra forma pedírtelo, ni tampoco sé si recibirás esta carta, pero si lo haces tengo la esperanza de que me rescates de este infierno.

Arlette Kamboule.

Te espero, hermano.»

Arlette soltó la mina y alzó la carta. La releyó y comprobó que, a su juicio, no había faltas de ortografía. «Cuando la lea, estará orgulloso de mí», pensó antes de doblarla con prisas y salir de la choza de adobe esquivando los huesos durmientes. Fue corriendo hasta la casa de un amigo de Manjou; Arlette había escuchado que éste iba a irse a Costa de Marfil a buscar trabajo y pensó que él le podría dar la nota a su hermano.

El amigo recibió la carta y le prometió dársela si lo veía. Arlette volvió corriendo a la finca de Victorien. Una vez  dentro de la casa, escondió el libro y lo que quedaba de mina e intentó dormir un poco antes de que comenzara la jornada.

 La esperanza la arrastró hasta el mundo de lo onírico, donde se encontró a Manjou, acercándose hacia ella, con parsimonia, entre los surcos de la tierra, con una flor del algodón en cada mano.

sábado, 12 de enero de 2013

Abrazos de mermelada


Toqué el timbre. El olor que desprendía el bizcocho de almendra recién horneado se escurría por debajo de la puerta y me acariciaba el sentido del olfato. Hacía casi dos años que no respiraba de esa atmósfera en la que flotaban la harina, el azúcar y el humo del caramelo tostado. No sabía muy bien qué me iba a encontrar al otro lado.
—¿Quién es? —preguntó mi tío a través del telefonillo.
—Soy Priscila, abre Alejandro.
—Claro —respondió.
Pasé dentro. Había que bajar unas escaleras para llegar hasta el obrador de la pastelería. La última vez que pisé aquellos escalones Alejandro aún no había sufrido el primer brote de esquizofrenia. Luego, salí de España y no me enteré de lo ocurrido hasta que pasaron tres meses. Apenas pude mantener conversaciones telegráficas con mis padres, mucho menos con mis tíos. Llevaba una eternidad sin verlos, sin ni siquiera oír su voz.  La incertidumbre me asaltaba y se mezclaba con la curiosidad conforme descendía y el ambiente acaramelado se volvía más intenso.

Al llegar abajo me encontré con los dos: él coronaba de cabriolas de merengue una tarta con la manga pastelera y ella le reñía, le decía que así no, que eso estaba muy visto y que ya no se llevaba. No se dieron cuenta de que estaba contemplándolos hasta que se me escapó una sonrisa.  Un cosquilleo cálido me invadió al ver que todo estaba conforme lo había dejado. O eso me pareció.
—¡Mira, si ya está aquí! —gritó mi tía Nieves— ¡Pero nena, qué guapa que estás! Cuanto tiempo…
—¡Hola! La verdad es que hacía  mucho que no me pasaba por aquí. Eso sí, ¡aquí sigue oliendo igual de bien!
—¿No nos vas a dar un abrazo? —dijo a media voz Alejandro.
—¿Uno solo? —les dije mientras me acercaba, casi corriendo, hacia a ellos.
Allí estaba él, tras casi dos años. Quizás, y aunque me cueste reconocerlo, cuando bajaba las escaleras el miedo formase parte del cóctel de sentimientos. ¿Sería el mismo? ¿Sería aquél hombre el que me ganó con sus deliciosas y tiernísimas madalenas? ¿El mismo con el que jugaba a luchar, utilizando las barras de pan como espadas cuando mi tía no miraba? Parecía que sí. Tenía la misma impronta, el mismo bigote y algo más vacías las entradas de su cabellera.

Le abracé. Le había echado de menos más de lo que pensaba. Le abracé con fuerza. Y él me respondió. Rodeo mi cuerpo con sus brazos y me quedé esperando unos segundos, con la cabeza apoyada en su pecho, a que cercara el espacio que nos separaba y me estrujase contra él. Pero eso no pasó. Desee con fuerza que lo hiciera, no lo hizo. Su abrazo se quedó en una caricia fría y flemática.
—Bueno, Priscila ¿cómo te ha ido por…? —preguntó mi tía, con voz temblorosa, queriendo arrancarme de aquél tibio acuchón, sabiendo que mi capricho no se iba a materializar — ¿Túnez, Egipto, Libia, Siria? Nena, cuéntanos cómo ha ido, que nos has tenido muy preocupados. Con decirte que la única forma que teníamos de saber que estabas viva era mirando todos los días en el periódico a ver si te publicaban algún artículo  de esos que has estado escribiendo.
—Exagerada… —le contesté, mientras me deshacía de una lágrima antes de que rodase mejilla abajo—. Lo mío es aburrido —dije para escaparme de dos horas en las que engordar mi vanidad con falsa modestia y miles de batallitas, no me apetecía—, prefiero escuchaos a vosotros. ¿Cómo va la pastelería, Alejandro?
—¿Alejandro, eh? ¿Y tu tío qué? —inquirió, intentando lanzar una broma, pero su rostro no parecía acompañarle; apenas hizo una mueca con el labio.
Hacía mucho que no le llamaba tío. Dejé de hacerlo por una broma y desde entonces se me ha quedado, lo hago con cariño, aunque inconscientemente. Yo era muy pequeña, no recuerdo qué edad tenía, tan solo recuerdo que solía ponerme muy pesada. Iba al obrador y empezaba a incordiar, a dar brincos de acá para allá, a gritar y a bailar por todo el lugar. Alejandro, cuando me ponía así, hacia como si no existiese. Jugábamos a ver quién aguantaba más: si él ignorándome o yo molestando. Uno de aquellos días, le llamé por su nombre. Fue tan raro para él que dijese Alejandro y no tío que levantó la mirada y se quedó extrañado, observándome hacer piruetas mientras cantaba. Aquella la gané yo. Desde entonces empecé a gritar su nombre cada vez que quería llamar su atención, y así, se convirtió aquello en vicio sin corregir.

Me preguntaba dónde estaba aquél Alejandro, el cómplice de mis travesuras, el  que me abrazaba con fuerza. Parecía él, el mismo. Estuvo hablando, contándome cómo habían pasado el tiempo que estuve fuera. Cómo se enfrentó al brote de esquizofrenia y cómo, gracias al empeño de mi tía, decidió volver a trabajar de nuevo. Intentaba arrancarme un par sonrisas con alguna anécdota, pero siempre sin alterar el tono de la voz, con el gesto impávido y evitando el contacto visual.

Un parásito se movía insidiosamente bajo mi piel. Una alimaña que  me abstraía y me empujaba fuera de la nube confitada que embriagaba mis sentidos. Un impulso egoísta me dominaba y me arrojaba a la dependencia de sus muestras de cariño. Me importaba una mierda si me besaba o me golpeaba. Quería una reacción, aunque no fuese afectuosa. Necesitaba volver a sentirme su niña. No podía dejar de pensar en ello mientras hablaban. Había perdido el hilo de la conversación. Y cuando aquella chinche que me carcomía  me permitió volver a sentir que la esencia del merengue trepaba por mis fosas nasales, mi tía estaba hablando de darme algo. Se trataba de una bolsa con el logo de la pastelería, parecía llevar una caja dentro. Me dijeron que eran unas cuantas madalenas. También las había echado de menos a ellas.

De camino a casa, no pude evitar la tentación de abrir la caja y coger una. Me senté en un banco de un parque cercano y apoyé el regalo sobre mi regazo. Cerré los ojos, y como era costumbre destapé el cofre del tesoro dejando  que el aroma su acariciase. Sentí soñar con el pasado. Al abrirlos de nuevo, pude ver que flotaba entre los trocitos de chocolate una carta que rezaba en el dorso: “De Alejandro para Priscila”. Rompí el sobre y cogí uno de los bollos mientras leía.

“Querida Priscila:
Espero que disfrutes de las madalenas. Son tus favoritas. Esas de bizcocho con pepitas de chocolate y que van rellenas de mermelada de frambuesa.

Últimamente me cuesta expresarme. Los médicos lo llaman pobreza afectiva, pero en realidad por mí interior fluye un torrente de emociones que me cuesta manifestar. Por ello te doy estos dulces. Llévatelos a casa y tómalos, como siempre has hecho y piensa que el bizcocho, la mermelada y el chocolate son las palabras y los abrazos que me cuestan regalarte.”

Aquellas palabras se mezclaron con el bendito sabor del pastel, que actuaron conjuntas a modo de veneno contra el bicho que me martirizaba. Volví a dejar la madalena en la caja, ahora incompleta, y puse rumbo al obrador, de nuevo, con la intención de estrujarme contra su pecho.

martes, 8 de enero de 2013

Te has dejado algo.


Carmen, he intentado llamarte pero no lo cogías, así que espero que oigas esto más pronto que tarde. Solo quería saber si estabas bien. Anoche, al no aparecer, te guardé la cena en la nevera. Aquí ya no te quedan bragas y calcetines, así que tráete cuando vengas… ¡Ah! Casi se me olvida. Te has dejado una carta con mi nombre. Te quiero mucho. Luego nos vemos, Carmen.

jueves, 27 de diciembre de 2012

Un corazón de hielo.


Jamás recibirás esta carta. Quizá sea porque no existas. Quizá. Aunque no te preocupes, nunca me ha importado. Así es más sencillo. Yo te amo y tú no me atormentas con el espectro de un idilio perfecto que solo lo es porque no lo será nunca. El amor tendría que ser así, irrealizable y tortuoso, pero inquebrantable. No debería poder ser tocado, porque al amasarlo y sentirlo completo se corrompe, se agrieta, se erosiona y pierde su voluptuosidad. La cáscara cae y tan solo queda el hueso; sin néctar, sin carne, sin vida, tan solo el recuerdo de un sabor dulce e intenso.

Me contradigo. Lo sé. Deseo poseerte aún cuando prefiero que no respires. Es una partida que no puedo ni tampoco quiero ganar, pero no me resigno a perderte. Es por ello que he intentado traerte a este mundo con tremebundo ímpetu. Te he convertido en diosa en mis sonetos, te he engendrado como diva en mis bocetos y en mis óleos; he tratado, en definitiva, de proyectar la imagen de ti que reposa en mi mente, pero nada ha servido. Las palabras se tornaban ambiguas al releerlas y tu espíritu se escurría entre los trazos de grafito, y al dibujarte con mi patética técnica, tus ojos no eran tus ojos ni tu piel tampoco era esa tez rosada regada por pecas. Lo he intentado hasta la desesperación, he probado a retratarte rebosando ajenjo y cocaína. Y lo que durante el éxtasis me pareció la perfección, al volver de lo más cerca que he estado jamás de la muerte, era una aberración. No he vuelto a hacerlo, al menos no mezclando, pero me di cuenta de algo entonces. Esa culminación que vino y se fue, tan efímera, me dejó acariciarte.

No pienses que desistí. Encontré la forma de llegar hasta tu esencia. Hice de un amorfo titán de hielo, tu figura. Te hice nuda, tal y como lo eres en mis fantasías: con el cuero terso y brillante. Le arranqué al monstruo deforme todo lo que no eras tú, como si de la cierta pesadilla de no tenerte jamás, emergieras y me helaras, con un beso en el cuello, la sangre. Tus ojos se abrieron cuando el cincel les dio la luz, y en uno de los pellizcos que la lima le asestó, me pareció ver bajo la escarcha, la intensidad de un Sol  desintegrándote con un ritmo cruel. Pero aún así, tan cristalina era tu mirada como en los sueños.

Te hice a medias. Ya sangrabas agua cuando apenas pude perfilar tus pezones. Pero eras bella, tan bella como jamás te he visto, y efímera. Te acaricié sabiendo que la canícula de mis dedos adelantaba tu extinción, te abracé y te besé, pero sobre todo te contemplé. Vi, sentado en el suelo y empapándome de ti, como tus ojos se convertían en lágrimas y como se formaba un pequeño lago en lo más alto de tu cabeza, que de vez en cuando desbordaba y erosionaba, con el paso del líquido, tu contorno.

Cuando tan solo un pedazo de tu pecho quedaba por deshacerse, lo sostuve entre mis manos, y con los latidos de mi corazón te devolví a la celda de mi ficción.

martes, 11 de septiembre de 2012

Defunto.


Estar muerto es algo así. Comer cuando tienes el estómago vacío, porque hasta los muertos necesitan nutrirse, respirar cuando lo necesites y, en general existir. Casi es lo mismo que estar vivo, pero estando muerto. Los que no viven deben sentir algo ahí, en el pecho. Algo extraño, una pequeña presión que te indica que efectivamente; no estás vivo.  En ocasiones arde, otras veces está hueco, pero hay una presencia  intangible que no cesa. Sé que estará pensándolo, y ya sé que tiene ciertas similitudes, pero sacar  la conclusión de que estar muerto es como estar enamorado es algo precipitado. No es que los muertos no puedan tener erecciones. Yo creo hasta haber visto hijos de muertos. No, no es eso.  La diferencia ha de ser otra. Se dice por ahí, ya sabe cómo es el vox pópuli, que el corazón de los muertos no late y que la sangre no fluye. Mentira.  Es más, yo, desde mi defunción les aseguro que aquél que se haya atrevido a decir tal sandez carece de vida. 

Creo, querido lector, que habrá hecho un chasquido de dedos mental y se habrá dicho así mismo: “¡Ya lo sé, ya sé por qué un muerto está muerto!”. Pero ya le adelanto yo que no, no es por eso. Los muertos también pueden tener pasiones.  No sé si podrán llegar a enamorarse.  Aunque desde mi experiencia le daría unas palabras afirmativas, pero quién sabe; cada muerto es un mundo. No siga por ahí, no, tampoco es cuestión de tener alma o no. Para afirmar que los muertos tienen alma, primero tendría que saber qué es el alma. Yo no sé que es, pero si quiere le digo qué creo que es, que son dos cosas muy distintas. Desde la llanura de mi perspectiva, el alma es miedo. Miedo a uno mismo. A la propia existencia; miedo a que lo que somos, en nuestra entera totalidad se deshará algún día en larvas de vaya usted a saber qué insecto. Sería triste que existiésemos -ya no digo vivir- casi cien años. Años repletos de minutos, segundos y cosas que aún pasan más rápido que los segundos haciendo cosas. Casándonos, trabajando o bienviviendo si tiene suerte para que llegado el día, todo este tiempo empleado en algo se esfume. No podría ser eso. El alma es como el albarán de la existencia, indica más o menos las cosas que has conseguido en existencia. Si, ya sé que pensarás que hay quien es recordado para la posteridad… Tiene suerte, estimado lector, de que las carcajadas no queden escritas todo lo bien que queden en persona. ¡Qué más da, si al final, el que te va a recordar será otro desalmado! Es por eso que dicen que el arte se hace con el alma. El arte es puro miedo, ya se lo digo yo.

Pero, volvamos al análisis de la picadura pectoral de los defuntos, término que me acuño yo aquí rápidamente. Hasta ahora no ha acertado ni una. Al final me forzará usted, a que le diga qué cosa es esa presencia en el pecho. Pues bien, vista su torpeza se lo diré. Son lágrimas atrapadas. “¡Qué cursi!”, pensará. Pero piénselo detenidamente. Las lágrimas manan del pecho y luego ya, en última instancia, salen por los ojos. Dato, que si no sabía ya lo sabe. Resumiendo el asunto. Estar muerto es no poder llorar. Y es una buena diferencia, más bien una condena para los defuntos. Todos sabemos que el dolor que puede soportar un hombre supera con creces las dimensiones físicas del mismo. Por eso, se comprime tanto que se convierte en estado líquido. Algo sabrá usted de física, digo yo. Y ahí se guarda, en el pecho. Y ya cuando uno llora se deshace del dolor. Si no, ¿para qué se pensaba que servían las lágrimas?
Supongo que la duda que le asalta ahora es la causa de la defunción. Bueno, eso es lo más sencillo de todo. Ocurre que cuando un vivo recoge dolor en exceso y no lo evacúa, al final el dolor, de tanta presión acaba solidificándose. Y oiga, hasta donde yo sé el dolor no se caga.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Entre el salitre.


Leonor, cariño, ¿te importa si nos sentamos aquí? El sol está a punto de ponerse y me gustaría verlo, además, de la caída del otro día tengo la rodilla hecha unos zorros. ¿No me digas que no es precioso? No me canso de ver cómo el mar se va apoderando de la luz a pellizcos hasta que solo queda esa bruma rojiza arrullándome los recuerdos. Esta cala tiene algo; no hay día que venga y el ir y marchar de las olas no consiga desenterrar el tesoro que hemos ido guardando, con los años, bajo la arena de esta playa. El tesoro no es otra cosa que nuestras vidas. Que sí Leonor, no me pongas esa cara que aquí hemos vivido mucho. Tú siempre tan escéptica…
Hemos tenido una vida muy romántica, aunque quizás sea yo el que le ponga glosas de fantasía a las páginas del pasado. A lo mejor tú no lo recuerdas así, pero eso es lo de menos, las historias son de quien las cuenta. Y fíjate, que la historia de nuestras vidas es la que más me gusta contar, pero jamás sé dónde empieza; con eso de que nos conocemos desde el colegio es difícil ponerle un año a la primavera de nuestro amor. Yo creo que este lugar tuvo algo que ver. ¿Qué tendríamos veinte años, no? Lo nuestro era muy raro para el momento, tan raro que nadie sospechaba que te escapabas por las noches, y menos para juntarte conmigo aquí. Me acuerdo que por aquel entonces empezaron a aparecer las suecas en bikini y no había macho español que se resistiese a comprobar si aquellas sirenas venidas de tierras lejanas se tapaban tan poco como decían.  Ahora queda muy bonito decirlo, pero nunca me interesaron demasiado. Te tenía a ti casi todas las noches chapoteando a unos metros de donde estamos sentados ahora. Tan sólo cubría nuestra desnudez el manto traslúcido que la luz de la luna creaba a ras de la marea. Aún puedo sentir el calor del agua que te envolvía. ¿Tú dirías que ahí ya nos amábamos? No sabría que decirte. ¿Tú crees que sí? Yo tengo la teoría de que fue el fulgor de la luna, el ronroneo de las olas, el sabor salobre de los besos y las citas submarinas de nuestras manos las que convirtieron un experimento pueril en un pacto de mutua dicha eterna. Más que una teoría, estoy convencido de que fue así.
Pasaron los años y jamás dejamos de venir. Pero ya veníamos a otra cosa. El tiempo te coloca un sayo de pudor del que no consigues deshacerte y dejamos atrás la voluptuosidad de nuestros baños  para encomendarnos al paseo y a la lectura. Y no pienses que digo esto disgustado. Los chapuzones me gustaban, pero supongo que cada etapa de la vida tiene sus bondades peculiares. Quizás nos faltó tener hijos. En muchas ocasiones me he preguntado por qué nunca nos aventuramos. Pero da igual, no me arrepiento, ahora ya es tarde. La vejez convierte la pira de la juventud en un manto de ceniza. Aunque reconozco que me habría gustado traerlos aquí, si es que hubiésemos tenido más de uno, a pasear cogidos de la mano. Ya cariño, ya sé que soy un cursi. Siempre lo he sido, a estas alturas no tiene sentido tratar de ponerle remedio.
Venir aquí es pasear por nuestras vidas, o como a mí me gusta decir, contar las joyas de nuestro tesoro y contemplar que tan brillantes y tan bien pulidas se conservan bajo la arenilla de nuestro romance. Y al revés lo mismo, rebuscar en las memorias de nuestro devaneo es caminar sobre esta arena. Me alegra ver que te hace reír verme sensiblero, divagando como un viejo bobo. Sí, tú ríete, pero luego eres la primera a la que le brillan los ojos como una tonta cuanto te digo de venir aquí. En el fondo, te gusta este sitio a ti más que a mí. Y eso ya es decir. ¿Sabes qué? Esto nunca te lo he dicho. Si tu hermana no se hubiese puesto como una posesa cuando se lo comenté, te habría incinerado y habría esparcido tus cenizas por esta misma orilla. Casi me mata cuando se lo propuse. No le culpo, ella no puede imaginarse ni la mitad de lo que aquí hemos pasado juntos.
¿Qué porqué sigo viniendo aquí todas las tardes a hablar contigo? No me lo preguntes como si no te gustase que viniese, Leonor. Si vengo es porque te quiero. Además, tú siempre decías que somos lo que vivimos, con ese tono de voz tan categórico y pragmático que te ata a la realidad. Por eso vengo aquí siempre que puedo, porque sigues viva en el reflejo oxidado de la puesta de sol; en la brisa y en la arena; en el salitre de mis labios. Te guardo como la joya más preciada de nuestro tesoro.