Microrrelato inspirado en "La muerte de Ivan Ilich", de Tolstoi:
Muriéndose, concediendo ya sonata de aullidos y estertores, la banalidad se le acercó al oído y le susurró: «Parece ser que me serás fiel hasta el final ». Ivan Ilich, al oír esto, miró en los ojos de ella y vio su propia vida. Entonces lo comprendió, se había equivocado de amante. Quitó su mano de la boca de la muerte, esa que trató de mantener silenciada durante su vida, y la dejo hablar: «¿Lo comprendes ahora?», le dijo ella, la muerte. «Sí, ahora sí. Libérame.», le respondió él.
miércoles, 13 de marzo de 2013
domingo, 10 de marzo de 2013
Ototoxicidad
Como cada martes desde
hacía unos meses, Daniel y Fernando estaban reunidos al calor de dos tazas de
humeante café negro, inmersos en la misma conversación semana tras semana.
—No sé cómo agradecerte
todo el tiempo que le has dedicado… —dijo Fernando, con una voz temblorosa,
débil y carcomida por la enfermedad.
—No diga usted
tonterías, Fernando. Tan solo hemos conseguido una ristra de fracasos: uno cada
vez mayor que el anterior — interrumpió Daniel, con toda la gravedad de sus
palabras.
—Daniel, aún eres
demasiado joven, ¿qué tienes? ¿Treinta? No, no llegas aún a los treinta—se
contestó a sí mismo—. Eres un genio, por eso vine a ti, pero desconoces ciertos
recovecos de la vida. Me voy a morir, quizá la semana que viene no tomemos café
— se detuvo, respiró, le arrancó un sorbo a la taza y continuó—. Eso ya lo
sabes, y lo supiste desde el primer momento. No he venido hoy a decirte que tu
aparato no me ha servido, sino a darte las gracias. El cáncer y toda la cicuta que he tragado me
han ido quitando el oído poco a poco. ¡Los llaman ototóxicos porque afectan a
la audición! Pero a mí me envenenan el alma… —elevó la voz, al tiempo que una
lágrima surcaba las arrugas de su rostro.
—Ya veo lo importante
que es para usted volver a escucharlos—asintió Daniel.
—¡No es cuestión de
escucharlos! Para escucharlos me sirve tu invento: es un aparato fantástico,
capta con supina precisión los sonidos millones de veces mejor que esos
audífonos de usar y tirar que venden por ahí —reconoció, todo lo exaltado que
su debilidad le permitía—. Pero no se trata de eso, conforme fui perdiendo oído
empecé perder matices de Haydn, de Schubert, de Mozart… ¡Me pareció entender a
Bethoveen! Pero solo me lo pareció —farfulló Fernando—. ¡Los matices lo son
todo! Son los que conducen la espiritualidad de la música, el alma… ¡Ah!
Pensarás que me pongo cursi, pero el problema de tu aparato es que no es capaz
de captar eso: solo capta ondas. ¿Lo entiendes? No hay nada que hacer, querido
Daniel. Y yo te agradezco que lo hayas intentado; que me hayas permitido soñar
con volver a sentir la magia de la música.
—No le entiendo,
Fernando… No puede existir tal cosa —dijo Daniel, contrariado.
—¡Qué joven eres,
querido! —sentenció Fernando.
La conversación llegó a
su término y se despidieron con la sospecha de no volverse a ver. No hubo más
café los martes, ni más cháchara sobre el alma de la música. Fernando murió
sabiendo que ningún oído artificial podía devolverle lo que había perdido: el
sentir estético de la melodía; tan propio, tan subjetivo…Daniel, en cambio,
vivió lo que le quedaba de vida pensando que todo aquello tan solo eran las últimas
reflexiones de un pobre romántico y moribundo. Al fin y al cabo, Fernando se
equivocaba: la espiritualidad y el alma nada tenían que ver con la edad.
lunes, 4 de marzo de 2013
El confesionario
«No sé si estará viva. Espero que sí. Tampoco le he
dado tan fuerte. Ha sido un accidente. Quiero confesarme, decirle a toda España
lo que acabo de hacer. Quiero explicarme para que veáis que ha sido un
accidente. Quiero… quiero… ¡Joder! No sé por dónde empezar. Estoy muy nervioso,
el corazón se me va a salir del pecho.
Estamos en el cuarto de confesiones escondidos, pero no sé ni cómo hemos
acabado aquí. El Juli y Fabián están
conmigo, y quiero que hablen y cuenten lo que ha pasado para que se sepa que no
ha sido con mala intención. Yo casi no me acuerdo de nada, todo está borroso;
no sé cómo explicarlo.
Solo recuerdo algunas cosas. Ha ocurrido en la cocina,
he ido allí y estaba Vanesa haciéndose unas tostadas, me parece. Yo también
quería merendar y el único cuchillo bueno para untar lo tenía ella. Mierda… si
es que todo ha sido por una tontería… Ella tenía el cuchillo… y yo solo se lo
he pedido. Ya sé que no nos llevábamos de puta madre, pero se lo he pedido bien.
Ella me ha dicho que me jodiera y se lo he vuelto a pedir. No sé qué le ha
pasado pero se ha alterado y se ha puesto a gritar y a amenazarme. Yo me he
puesto nervioso y le he seguido el rollo. Nos hemos excitado y nos hemos dicho
de todo, pero es que eso aquí es normal. Ya sabéis cómo funciona esto; hacemos
el paripé un rato y luego no ha pasado nada, pero no sé qué le ha pasado por la
cabeza. Se le han cruzado los cables y me ha tirado el cuchillo a la cara. Y
casi me da, joder. Me he puesto como un loco y he levantado más la voz; ella también se ha
encendido aún más y no dejaba de decirme
de hijo de puta para arriba. Juli se
ha metido en medio, ha intentado que nos calmáramos pero no se podía ya.
Estábamos descontrolados, era imposible meterse a separarnos sin perder un ojo,
porque, joder, yo cuando me enfado, me enfado. Y ella también tenía su pronto,
ya lo sabéis.
He visto que
cogía otro cuchillo y que se acercaba a mí, he agarrado no se qué, lo primero
que tenía mano, para defenderme. Al ver que no tenía intención de parar, me he
asustado, le he visto los ojos e iba en serio. Juli ha intentado agarrarla y
quitarle el cuchillo pero Vane se lo ha puesto en el cuello y lo ha echado para
atrás. Yo me he acojonado, se le había ido la cabeza y conforme venía a
rajarme, le he lanzado eso que llevaba en la mano, y le he dado en la cara, y
se ha desmayado, y… me he quedado paralizado. Lo último que recuerdo es verla
desmayarse. Se ha echado las manos a la cara, y al mirarse toda llena de sangre
se ha caído, y no se ha levantado. Solo… solo puedo ver la mancha de sangre
creciendo en el suelo. Os prometo que ha sido un accidente, yo solo me
defendía. Tenéis que creerme. »
***
«Soy Julián Fernández Romero y estoy en el confesionario
de la casa del reality show “El ojo
de la verdad”. Acaba de ocurrir algo muy jodido. Fernando, El Bravo, como lo llamamos nosotros acaba de matar a Vanesa, a la
Vane. Y digo que la ha matado porque prometo que no respiraba. Todo estaba lleno
de sangre; le salía a borbotones de una brecha en la frente. Ni de coña está
viva. Yo he intentado evitar que pasara, pero ya os digo yo que no se podía.
Fernando y Vanesa se habían enfadado por un cuchillo.
Al principio era gracioso ver a los dos, ahí, despotricando, insultándose y
poniendo a parir a la familia del otro, pero cuando El Bravo, le ha soltado el primer puñetazo en la barriga... ahí,
justo en ese momento, me he dicho que aquello no iba a acabar bien. La otra… se
ha quedado dolorida. Se le veía en la cara. Hasta le caía alguna lágrima del dolor.
Se ve que se asustó y cogió algo para defenderse -creo que una cuchara de guisar- y amenazó con
estampársela a la cabeza si se acercaba. Aún así, no paraban de insultarse. Era
un espectáculo. Yo intenté meterme otra vez a separarlos, pero me lo pensé dos
veces; no quería que me diesen una paliza intentándolo. No escuchaban, ni
tampoco atendían a razones; estaban idos de la puta cabeza.
No sé muy bien qué pasó justo después. Creo que la
Vane le ha dicho que la tenía pequeña y parece que eso le ha hecho explotar al Bravo, aún más si se podía. Se le hinchó
la vena del cuello y se puso rojo. Ahora ya os imagináis por qué lo llaman así.
Un tío que es capaz de coger un cuenco de leche y golpear con él la cabeza de
alguien hasta que se rompa en trocitos, no puede estar bien de la cabeza. Ya os
lo digo yo.
No fue un puto accidente. Es mi amigo, pero no puedo
mentir a toda España. Se ha dejado llevar, la ha cogido del cuello y le ha
reventado el cuenco en la frente… Pensaba que me iba a matar a mí también. Reconozco
que me he acojonado.»
***
«Yo soy Fabián, aunque eso ya lo sabéis. Lleváis
viéndonos en la tele más de tres meses, y creo que como yo, no os esperabais
esto. No sé qué coño hago aquí encerrado. Esto es una locura, apenas cabemos
los tres y el resto de concursantes están fuera, golpeando la puerta. Quieren
entrar, y como lo hagan van a linchar a estos dos. Yo no sé qué ha pasado, no
estaba allí cuando la han matado. He llegado justo después. Ha sonado un golpe
muy fuerte y he salido a ver qué pasaba, y allí estaba Vanesa, acostada sobre
un lecho de sangre, de su propia sangre. Me he acercado y he comprobado que
estaba muerta…
El resto, al igual que yo, ha ido a la cocina para ver
qué era el ruido que había escuchado y se encontraron a Fernando sujetando lo
que quedaba del bol con el que la había agredido, lleno de sangre, y a Vane
tirada en el suelo. Su novio, al verla espachurrada, casi mata a Fernando.
Julián y yo, conseguimos pararlo, pero no se tranquilizaba. Yo no iba a dejar
que mataran a más gente.
Todos parecían comenzar a enfadarse y empezaron a
pedirle explicaciones a Fernando. La habitación hervía; de ahí no podía salir
nada bueno. No parecían escuchar. Vi a un par de ellos con los ojos inyectados
en sangre y decidí encerrar a Fernando en el confesionario, o sea, aquí, pero
la situación se volvió muy violenta. Todos se pensaron que yo estaba de su
parte y cuando me dieron la primera hostia supe que nada iba a calmarlos.
Vanesa era muy querida aquí dentro. Bueno, qué os voy a decir, erais vosotros,
los espectadores, los que la votáis cada semana. Y siempre la hacíais ganar.
Pues en la casa era igual. Todos la queríamos y la apreciábamos mucho, de forma
no me extraño la reacción. Así que… no me quedó otra que esconderme aquí, con
estos dos, sino quería pagar yo los platos rotos.
Una vez aquí dentro, el remordimiento ha empezado a
carcomer a Fernando; se ha puesto a dar gritos y a pegarle puñetazos a la
pared, pero claro, eso no va a recomponer la cara de Vanesa. No para de decir
que quiere explicarle a todos los que ven “El ojo de la verdad”, lo que había
pasado.
Pero, menuda gilipollez, ¿de qué sirve intentar
exculparte y explicar nada cuando has matado a alguien en prime time? »
domingo, 24 de febrero de 2013
Música para bailar
Para mí, como poco ha
sido el descubrimiento del año. Quizá de mi vida, aunque aún es pronto para
dejar escrita esta afirmación. Yo era una escéptica de todos esos aparatos y
utensilios eróticos; que sabes por donde entran aunque no por donde salen.
Pero, ¿qué os voy a decir? Mi opinión sobre estos juguetitos ha cambiado gracias
a él, y perdonadme si me refiero a “él” como si fuera una persona, pero es que
se ha ganado mi apego. Lo conocí, o mejor dicho, me hice con él, a través de mi
amiga Ana. Fue ella quien lo compró, pero se hizo novio. A éste, por lo visto,
no le gustó demasiado que un androide antropomorfo estuviera más tiempo dentro
su amada que él y le dijo: « O el cacharro o yo, tú verás ». Ana, tras
pensárselo durante dos semanas decidió
venderlo, y después de unas cuantas historias que ahora no vienen a cuento,
llegó a mi cama; bueno, y a mi ducha, a mi sofá, a mi coche, a mi encimera, a
mi oficina y a otros sitios que no sé muy bien por qué me da pudor enumerar.
Era lo último de lo
último. El robot sexual más potente de todo el mercado. Tecnología japonesa;
una delicia. A causa de que el modelo venía grabado en nipón no me enteré de
cómo se llamaba hasta que en una de las veces que quedé con Ana, me preguntó: «
¿Qué tal el Pez Dorado? ». Supongo que al ver mi cara, desconcertada, se
decidió a explicarme que era la traducción al español del nombre del ejemplar.
Una vez ya sabiendo eso, contesté casi sin darme cuenta: « ¡Vaya, pues si que
es verdad que tiene una anguila de oro! ».
Y ya ni te cuento si sabe usarla: así me quedó claro desde el momento
que lo estrené.
La primera vez que tuve
su áureo tiburón entre mis piernas sentí -¿cómo explicarlo…?-, que había una
parte de virginidad que no me había sido arrebatada hasta ese momento. Sí, efectivamente: fue algo nuevo, genial y
vibrante –y esto último no es en sentido figurado-. Cuando fui a recogerlo al
piso de Ana me dijo que funcionaba al contrario que los perros, que a éste
había que moverle el rabo para que se pusiese contento. Yo, al llegar a casa,
seguí su consejo, eso sí, con cierta desconfianza. Y como si fuera el genio más
apuesto y cachondo del mundo, abrió los ojos al frotar un poco su lámpara.
Desde entonces todo fue frenesí.
Me miró con sus ojos
marrones y lo primero que se me pasó por la cabeza fue asombro por lo real que
parecía: no era como un maniquí, ni como un muñeco hinchable. No, no, era todo
un hombre, puede que no por dentro, pero para lo que yo lo quería era todo un
hombre. Y mientras yo estaba ahí, atontada, pensando en que no se parecía en
nada al consolador con patas y cabeza que yo me había imaginado, me agarró de
la cintura y me acercó hasta su boca. Joder qué bien besaba. Ana me lo había
entregado programado en modo duro, y cuando me quise dar cuenta me había
arrancado la ropa. Asombroso; en diez segundos había destrozado todo lo que
llevaba puesto, y todo sin separarse de mi boca. Pero nada de eso se puede
comparar con cuando me tiró al suelo, y caminando a bocados franqueó la frontera
de mi ombligo. Qué lengua. En un santiamén, consiguió un océano entre mis
muslos para que su marrajo nadase a sus anchas. Y qué ancho…
Me besó, me lamió e
iluminó todas mis cuevas con su luz calentita. Me embistió y me hizo balancearme
sobre él hasta hacerme gritar. Acabé rendida, extasiada, sudada, y por qué no
decirlo, algo escaldada. ¡Qué descubrimiento! Era perfecto; sí, una maravilla.
Aunque, ahora que lo pienso mejor, puede que tuviera alguna pega: debido a
un fallo de fábrica, en vez de reproducir el sonido de un gemido, hacía sonar melódicos
conciertos de acordeón cuando se acercaba al culmen de su actuación. Las
primeras veces, me resultó extraño, incluso perturbador, pero he de reconocer
que con el tiempo he adquirido tal dependencia a esas melodías de acordeón que
no puedo tener sexo sin ellas.
martes, 19 de febrero de 2013
Arlette
Arlette, con trece años ya había trabajado en los algodonales durante toda una temporada. Cumplía un año en la granja de Victorien Kambire el primer día de
noviembre. Esa misma mañana, se despertó antes que nadie; metió
la mano bajo su colchoneta y sacó una adaptación infantil en francés de La isla
del tesoro y una mina desnuda de lapicero. Aún era de noche, pero no tuvo que
esperar demasiado para que las primeras espigas de sol que entraban por las
ventanas le dejaran llevar a cabo su cometido.
Abrió el libro por la
última página, comprobó que estaba en blanco, cogió aire, tiró de ella con
cuidado hasta arrancarla, se secó la lágrima que rodaba mejilla abajo y se dispuso
a escribir.
« Manjou, hermano mío,
es Arlette, o sea yo, la que te escribe esta carta desde Burkina Faso.»
Arlette, miró la
portada desconchada del libro, y se preguntó si Manjou habría conseguido llegar
a Costa de Marfil. Hacía ya un año que la había dejado a cargo de Victorien
para marchar en busca de trabajo. A ella, le gustaba cerrar los ojos y recordar,
como otras tantas veces, el beso en la mejilla que le dio su hermano antes de
montarse en la camioneta. Cada vez que lo hacía, sentía de nuevo el roce de su
barba espesa y la ternura de sus ojos hundidos y enormes, que brillaban en sus cuencas como
una antorcha al final de una cueva. Lo veía de espaldas, partir sobre sus
sandalias y enfundado con sus mejores galas: un pantalón de pana marrón y una
camiseta de algodón, que a pesar de que un día fue blanca, ahora tenía un tono
cercano al de los pantalones.
Un ruido cercano la
sacó de su espejismo. Sobresaltada, recorrió la habitación con la vista, pero
tan solo era un niño retorciéndose en su camastro. Volvió a respirar tranquila antes
de seguir.
«Lo siento mucho –
escribió-. No me ha quedado más remedio que hacer esta carta con una hoja del
libro que me dejaste. Ya sabes lo que me gusta, es lo único que me queda de ti,
así que espero que entiendas que esto es importante.
Te echo mucho de menos, y también las tardes que pasabas enseñándome a leer y a escribir, aunque te
habrás dado cuenta de que he mejorado mucho. Yo creo que es porque he leído mil
veces la Isla del Tesoro…»
Arlette contuvo un
sollozo y continuó.
«Hoy es el primer día
de la cosecha del algodón y no voy a poder aguantar otro año más. Ayer acabamos
de arar. En otras granjas utilizan animales, pero aquí, Victorien dice que no
tiene dinero para bueyes y lo tenemos que hacer nosotros con una azada. Me
duele la espalda y los brazos de cavar. Y también la cabeza, pero no de cavar.
Me duele porque si Victorien nos ve descansar un poquito nos grita nos obliga a
seguir. Y si ve que no nos quedan fuerzas se acerca con un palo y nos da en la
cabeza hasta que volvemos a la faena. Por las noches tampoco puedo descansar
porque dormimos sobre un colchón tan duro y tan fino, que solo me sirve para esconder ahí tu regalo para que
no me lo quite nadie.»
Mientras escribía, la
mina se partió en dos. Una de las partes se perdió en el manto de colchones que
cubrían el suelo; el otro trozo, en cambio, se quedó en su mano. Miró el trozo
de carbón y suspiró aliviada al tiempo que miraba más allá de la ventana. Donde
ahora veía tierra estéril, dentro de unos meses las flores de algodón regarían
de púrpura el valle. Arlette, al imaginarse tal paisaje, no pudo evitar
recordar que en primavera, Manjou siempre robaba una flor de algodón para ella.
Y aunque nunca supo cómo se las arreglaba para conseguirlo, cada vez que se
veían acababa luciendo los pétalos de color carmesí en su pelo.
«Hermano, ven y llévame
contigo. No me dejes aquí, que si me quedo otro año voy a morir. No puedo
aguantar más los golpes de Victorien en la cabeza, ni las horas al sol cavando,
ni cargar los fardos de algodón de aquí para allá… Manjou, pídeme lo que
quieras. Yo puedo trabajar, se hacer cosas. Puedo ganar dinero, y te prometo
que te lo daré todo. No me quedaré nada. Hasta puedo esforzarme para que tú no
tengas que hacerlo y que así puedas hacer lo que siempre has querido: estudiar
Filosofía. Sí… déjame estar a tu lado cuando seas un gran pensador. No sé de
qué otra forma pedírtelo, ni tampoco sé si recibirás esta carta, pero si lo
haces tengo la esperanza de que me rescates de este infierno.
Arlette Kamboule.
Te espero, hermano.»
Arlette soltó la mina y alzó la carta. La releyó y comprobó que, a su juicio,
no había faltas de ortografía. «Cuando la lea, estará orgulloso de mí»,
pensó antes de doblarla con prisas y salir de la choza de adobe esquivando los
huesos durmientes. Fue corriendo hasta la casa de un amigo de Manjou; Arlette
había escuchado que éste iba a irse a Costa de Marfil a buscar trabajo y pensó
que él le podría dar la nota a su hermano.
El amigo recibió la carta y le
prometió dársela si lo veía. Arlette volvió corriendo a la finca de Victorien.
Una vez dentro de la casa, escondió el libro y lo que quedaba de mina e
intentó dormir un poco antes de que comenzara la jornada.
La esperanza la arrastró hasta el mundo de lo
onírico, donde se encontró a Manjou, acercándose hacia ella, con parsimonia,
entre los surcos de la tierra, con una flor del algodón en cada mano.
sábado, 12 de enero de 2013
Abrazos de mermelada
Toqué el timbre. El olor que
desprendía el bizcocho de almendra recién horneado se escurría por debajo de la
puerta y me acariciaba el sentido del olfato. Hacía casi dos años que no
respiraba de esa atmósfera en la que flotaban la harina, el azúcar y el humo
del caramelo tostado. No sabía muy bien qué me iba a encontrar al otro lado.
—¿Quién
es? —preguntó mi tío a través del telefonillo.
—Soy
Priscila, abre Alejandro.
—Claro
—respondió.
Pasé dentro. Había que bajar
unas escaleras para llegar hasta el obrador de la pastelería. La última vez que
pisé aquellos escalones Alejandro aún no había sufrido el primer brote de
esquizofrenia. Luego, salí de España y no me enteré de lo ocurrido hasta que
pasaron tres meses. Apenas pude mantener conversaciones telegráficas con mis
padres, mucho menos con mis tíos. Llevaba una eternidad sin verlos, sin ni
siquiera oír su voz. La incertidumbre me
asaltaba y se mezclaba con la curiosidad conforme descendía y el ambiente
acaramelado se volvía más intenso.
Al llegar abajo me encontré
con los dos: él coronaba de cabriolas de merengue una tarta con la manga
pastelera y ella le reñía, le decía que así no, que eso estaba muy visto y que
ya no se llevaba. No se dieron cuenta de que estaba contemplándolos hasta que se
me escapó una sonrisa. Un cosquilleo
cálido me invadió al ver que todo estaba conforme lo había dejado. O eso me
pareció.
—¡Mira,
si ya está aquí! —gritó mi tía Nieves— ¡Pero nena, qué guapa que estás! Cuanto
tiempo…
—¡Hola!
La verdad es que hacía mucho que no me
pasaba por aquí. Eso sí, ¡aquí sigue oliendo igual de bien!
—¿No
nos vas a dar un abrazo? —dijo a media voz Alejandro.
—¿Uno
solo? —les dije mientras me acercaba, casi corriendo, hacia a ellos.
Allí estaba él, tras casi dos
años. Quizás, y aunque me cueste reconocerlo, cuando bajaba las escaleras el
miedo formase parte del cóctel de sentimientos. ¿Sería el mismo? ¿Sería aquél
hombre el que me ganó con sus deliciosas y tiernísimas madalenas? ¿El mismo con
el que jugaba a luchar, utilizando las barras de pan como espadas cuando mi tía
no miraba? Parecía que sí. Tenía la misma impronta, el mismo bigote y algo más
vacías las entradas de su cabellera.
Le abracé. Le había echado de
menos más de lo que pensaba. Le abracé con fuerza. Y él me respondió. Rodeo mi
cuerpo con sus brazos y me quedé esperando unos segundos, con la cabeza apoyada
en su pecho, a que cercara el espacio que nos separaba y me estrujase contra
él. Pero eso no pasó. Desee con fuerza que lo hiciera, no lo hizo. Su abrazo se
quedó en una caricia fría y flemática.
—Bueno,
Priscila ¿cómo te ha ido por…? —preguntó mi tía, con voz temblorosa, queriendo
arrancarme de aquél tibio acuchón, sabiendo que mi capricho no se iba a
materializar — ¿Túnez, Egipto, Libia, Siria? Nena, cuéntanos cómo ha ido, que
nos has tenido muy preocupados. Con decirte que la única forma que teníamos de
saber que estabas viva era mirando todos los días en el periódico a ver si te
publicaban algún artículo de esos que
has estado escribiendo.
—Exagerada…
—le contesté, mientras me deshacía de una lágrima antes de que rodase mejilla
abajo—. Lo mío es aburrido —dije para escaparme de dos horas en las que
engordar mi vanidad con falsa modestia y miles de batallitas, no me apetecía—,
prefiero escuchaos a vosotros. ¿Cómo va la pastelería, Alejandro?
—¿Alejandro,
eh? ¿Y tu tío qué? —inquirió, intentando lanzar una broma, pero su rostro no
parecía acompañarle; apenas hizo una mueca con el labio.
Hacía mucho que no le llamaba
tío. Dejé de hacerlo por una broma y desde entonces se me ha quedado, lo hago
con cariño, aunque inconscientemente. Yo era muy pequeña, no recuerdo qué edad
tenía, tan solo recuerdo que solía ponerme muy pesada. Iba al obrador y
empezaba a incordiar, a dar brincos de acá para allá, a gritar y a bailar por
todo el lugar. Alejandro, cuando me ponía así, hacia como si no existiese.
Jugábamos a ver quién aguantaba más: si él ignorándome o yo molestando. Uno de
aquellos días, le llamé por su nombre. Fue tan raro para él que dijese
Alejandro y no tío que levantó la mirada y se quedó extrañado, observándome
hacer piruetas mientras cantaba. Aquella la gané yo. Desde entonces empecé a gritar
su nombre cada vez que quería llamar su atención, y así, se convirtió aquello
en vicio sin corregir.
Me preguntaba dónde estaba
aquél Alejandro, el cómplice de mis travesuras, el que me abrazaba con fuerza. Parecía él, el
mismo. Estuvo hablando, contándome cómo habían pasado el tiempo que estuve
fuera. Cómo se enfrentó al brote de esquizofrenia y cómo, gracias al empeño de
mi tía, decidió volver a trabajar de nuevo. Intentaba arrancarme un par sonrisas
con alguna anécdota, pero siempre sin alterar el tono de la voz, con el gesto
impávido y evitando el contacto visual.
Un parásito se movía
insidiosamente bajo mi piel. Una alimaña que
me abstraía y me empujaba fuera de la nube confitada que embriagaba mis
sentidos. Un impulso egoísta me dominaba y me arrojaba a la dependencia de sus muestras
de cariño. Me importaba una mierda si me besaba o me golpeaba. Quería una
reacción, aunque no fuese afectuosa. Necesitaba volver a sentirme su niña. No
podía dejar de pensar en ello mientras hablaban. Había perdido el hilo de la
conversación. Y cuando aquella chinche que me carcomía me permitió volver a sentir que la esencia
del merengue trepaba por mis fosas nasales, mi tía estaba hablando de darme
algo. Se trataba de una bolsa con el logo de la pastelería, parecía llevar una
caja dentro. Me dijeron que eran unas cuantas madalenas. También las había
echado de menos a ellas.
De camino a casa, no pude
evitar la tentación de abrir la caja y coger una. Me senté en un banco de un
parque cercano y apoyé el regalo sobre mi regazo. Cerré los ojos, y como era
costumbre destapé el cofre del tesoro dejando que el aroma su acariciase. Sentí soñar con el
pasado. Al abrirlos de nuevo, pude ver que flotaba entre los trocitos de
chocolate una carta que rezaba en el dorso: “De Alejandro para Priscila”. Rompí
el sobre y cogí uno de los bollos mientras leía.
“Querida Priscila:
Espero que disfrutes de las
madalenas. Son tus favoritas. Esas de bizcocho con pepitas de chocolate y que
van rellenas de mermelada de frambuesa.
Últimamente me cuesta
expresarme. Los médicos lo llaman pobreza afectiva, pero en realidad por mí
interior fluye un torrente de emociones que me cuesta manifestar. Por ello te
doy estos dulces. Llévatelos a casa y tómalos, como siempre has hecho y piensa
que el bizcocho, la mermelada y el chocolate son las palabras y los abrazos que
me cuestan regalarte.”
Aquellas palabras se mezclaron
con el bendito sabor del pastel, que actuaron conjuntas a modo de veneno contra
el bicho que me martirizaba. Volví a dejar la madalena en la caja, ahora
incompleta, y puse rumbo al obrador, de nuevo, con la intención de estrujarme
contra su pecho.
martes, 8 de enero de 2013
Te has dejado algo.
Carmen, he intentado
llamarte pero no lo cogías, así que espero que oigas esto más pronto que tarde.
Solo quería saber si estabas bien. Anoche, al no aparecer, te guardé la cena en
la nevera. Aquí ya no te quedan bragas y calcetines, así que tráete cuando
vengas… ¡Ah! Casi se me olvida. Te has dejado una carta con mi nombre. Te
quiero mucho. Luego nos vemos, Carmen.
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