sábado, 12 de enero de 2013

Abrazos de mermelada


Toqué el timbre. El olor que desprendía el bizcocho de almendra recién horneado se escurría por debajo de la puerta y me acariciaba el sentido del olfato. Hacía casi dos años que no respiraba de esa atmósfera en la que flotaban la harina, el azúcar y el humo del caramelo tostado. No sabía muy bien qué me iba a encontrar al otro lado.
—¿Quién es? —preguntó mi tío a través del telefonillo.
—Soy Priscila, abre Alejandro.
—Claro —respondió.
Pasé dentro. Había que bajar unas escaleras para llegar hasta el obrador de la pastelería. La última vez que pisé aquellos escalones Alejandro aún no había sufrido el primer brote de esquizofrenia. Luego, salí de España y no me enteré de lo ocurrido hasta que pasaron tres meses. Apenas pude mantener conversaciones telegráficas con mis padres, mucho menos con mis tíos. Llevaba una eternidad sin verlos, sin ni siquiera oír su voz.  La incertidumbre me asaltaba y se mezclaba con la curiosidad conforme descendía y el ambiente acaramelado se volvía más intenso.

Al llegar abajo me encontré con los dos: él coronaba de cabriolas de merengue una tarta con la manga pastelera y ella le reñía, le decía que así no, que eso estaba muy visto y que ya no se llevaba. No se dieron cuenta de que estaba contemplándolos hasta que se me escapó una sonrisa.  Un cosquilleo cálido me invadió al ver que todo estaba conforme lo había dejado. O eso me pareció.
—¡Mira, si ya está aquí! —gritó mi tía Nieves— ¡Pero nena, qué guapa que estás! Cuanto tiempo…
—¡Hola! La verdad es que hacía  mucho que no me pasaba por aquí. Eso sí, ¡aquí sigue oliendo igual de bien!
—¿No nos vas a dar un abrazo? —dijo a media voz Alejandro.
—¿Uno solo? —les dije mientras me acercaba, casi corriendo, hacia a ellos.
Allí estaba él, tras casi dos años. Quizás, y aunque me cueste reconocerlo, cuando bajaba las escaleras el miedo formase parte del cóctel de sentimientos. ¿Sería el mismo? ¿Sería aquél hombre el que me ganó con sus deliciosas y tiernísimas madalenas? ¿El mismo con el que jugaba a luchar, utilizando las barras de pan como espadas cuando mi tía no miraba? Parecía que sí. Tenía la misma impronta, el mismo bigote y algo más vacías las entradas de su cabellera.

Le abracé. Le había echado de menos más de lo que pensaba. Le abracé con fuerza. Y él me respondió. Rodeo mi cuerpo con sus brazos y me quedé esperando unos segundos, con la cabeza apoyada en su pecho, a que cercara el espacio que nos separaba y me estrujase contra él. Pero eso no pasó. Desee con fuerza que lo hiciera, no lo hizo. Su abrazo se quedó en una caricia fría y flemática.
—Bueno, Priscila ¿cómo te ha ido por…? —preguntó mi tía, con voz temblorosa, queriendo arrancarme de aquél tibio acuchón, sabiendo que mi capricho no se iba a materializar — ¿Túnez, Egipto, Libia, Siria? Nena, cuéntanos cómo ha ido, que nos has tenido muy preocupados. Con decirte que la única forma que teníamos de saber que estabas viva era mirando todos los días en el periódico a ver si te publicaban algún artículo  de esos que has estado escribiendo.
—Exagerada… —le contesté, mientras me deshacía de una lágrima antes de que rodase mejilla abajo—. Lo mío es aburrido —dije para escaparme de dos horas en las que engordar mi vanidad con falsa modestia y miles de batallitas, no me apetecía—, prefiero escuchaos a vosotros. ¿Cómo va la pastelería, Alejandro?
—¿Alejandro, eh? ¿Y tu tío qué? —inquirió, intentando lanzar una broma, pero su rostro no parecía acompañarle; apenas hizo una mueca con el labio.
Hacía mucho que no le llamaba tío. Dejé de hacerlo por una broma y desde entonces se me ha quedado, lo hago con cariño, aunque inconscientemente. Yo era muy pequeña, no recuerdo qué edad tenía, tan solo recuerdo que solía ponerme muy pesada. Iba al obrador y empezaba a incordiar, a dar brincos de acá para allá, a gritar y a bailar por todo el lugar. Alejandro, cuando me ponía así, hacia como si no existiese. Jugábamos a ver quién aguantaba más: si él ignorándome o yo molestando. Uno de aquellos días, le llamé por su nombre. Fue tan raro para él que dijese Alejandro y no tío que levantó la mirada y se quedó extrañado, observándome hacer piruetas mientras cantaba. Aquella la gané yo. Desde entonces empecé a gritar su nombre cada vez que quería llamar su atención, y así, se convirtió aquello en vicio sin corregir.

Me preguntaba dónde estaba aquél Alejandro, el cómplice de mis travesuras, el  que me abrazaba con fuerza. Parecía él, el mismo. Estuvo hablando, contándome cómo habían pasado el tiempo que estuve fuera. Cómo se enfrentó al brote de esquizofrenia y cómo, gracias al empeño de mi tía, decidió volver a trabajar de nuevo. Intentaba arrancarme un par sonrisas con alguna anécdota, pero siempre sin alterar el tono de la voz, con el gesto impávido y evitando el contacto visual.

Un parásito se movía insidiosamente bajo mi piel. Una alimaña que  me abstraía y me empujaba fuera de la nube confitada que embriagaba mis sentidos. Un impulso egoísta me dominaba y me arrojaba a la dependencia de sus muestras de cariño. Me importaba una mierda si me besaba o me golpeaba. Quería una reacción, aunque no fuese afectuosa. Necesitaba volver a sentirme su niña. No podía dejar de pensar en ello mientras hablaban. Había perdido el hilo de la conversación. Y cuando aquella chinche que me carcomía  me permitió volver a sentir que la esencia del merengue trepaba por mis fosas nasales, mi tía estaba hablando de darme algo. Se trataba de una bolsa con el logo de la pastelería, parecía llevar una caja dentro. Me dijeron que eran unas cuantas madalenas. También las había echado de menos a ellas.

De camino a casa, no pude evitar la tentación de abrir la caja y coger una. Me senté en un banco de un parque cercano y apoyé el regalo sobre mi regazo. Cerré los ojos, y como era costumbre destapé el cofre del tesoro dejando  que el aroma su acariciase. Sentí soñar con el pasado. Al abrirlos de nuevo, pude ver que flotaba entre los trocitos de chocolate una carta que rezaba en el dorso: “De Alejandro para Priscila”. Rompí el sobre y cogí uno de los bollos mientras leía.

“Querida Priscila:
Espero que disfrutes de las madalenas. Son tus favoritas. Esas de bizcocho con pepitas de chocolate y que van rellenas de mermelada de frambuesa.

Últimamente me cuesta expresarme. Los médicos lo llaman pobreza afectiva, pero en realidad por mí interior fluye un torrente de emociones que me cuesta manifestar. Por ello te doy estos dulces. Llévatelos a casa y tómalos, como siempre has hecho y piensa que el bizcocho, la mermelada y el chocolate son las palabras y los abrazos que me cuestan regalarte.”

Aquellas palabras se mezclaron con el bendito sabor del pastel, que actuaron conjuntas a modo de veneno contra el bicho que me martirizaba. Volví a dejar la madalena en la caja, ahora incompleta, y puse rumbo al obrador, de nuevo, con la intención de estrujarme contra su pecho.

martes, 8 de enero de 2013

Te has dejado algo.


Carmen, he intentado llamarte pero no lo cogías, así que espero que oigas esto más pronto que tarde. Solo quería saber si estabas bien. Anoche, al no aparecer, te guardé la cena en la nevera. Aquí ya no te quedan bragas y calcetines, así que tráete cuando vengas… ¡Ah! Casi se me olvida. Te has dejado una carta con mi nombre. Te quiero mucho. Luego nos vemos, Carmen.

jueves, 27 de diciembre de 2012

Un corazón de hielo.


Jamás recibirás esta carta. Quizá sea porque no existas. Quizá. Aunque no te preocupes, nunca me ha importado. Así es más sencillo. Yo te amo y tú no me atormentas con el espectro de un idilio perfecto que solo lo es porque no lo será nunca. El amor tendría que ser así, irrealizable y tortuoso, pero inquebrantable. No debería poder ser tocado, porque al amasarlo y sentirlo completo se corrompe, se agrieta, se erosiona y pierde su voluptuosidad. La cáscara cae y tan solo queda el hueso; sin néctar, sin carne, sin vida, tan solo el recuerdo de un sabor dulce e intenso.

Me contradigo. Lo sé. Deseo poseerte aún cuando prefiero que no respires. Es una partida que no puedo ni tampoco quiero ganar, pero no me resigno a perderte. Es por ello que he intentado traerte a este mundo con tremebundo ímpetu. Te he convertido en diosa en mis sonetos, te he engendrado como diva en mis bocetos y en mis óleos; he tratado, en definitiva, de proyectar la imagen de ti que reposa en mi mente, pero nada ha servido. Las palabras se tornaban ambiguas al releerlas y tu espíritu se escurría entre los trazos de grafito, y al dibujarte con mi patética técnica, tus ojos no eran tus ojos ni tu piel tampoco era esa tez rosada regada por pecas. Lo he intentado hasta la desesperación, he probado a retratarte rebosando ajenjo y cocaína. Y lo que durante el éxtasis me pareció la perfección, al volver de lo más cerca que he estado jamás de la muerte, era una aberración. No he vuelto a hacerlo, al menos no mezclando, pero me di cuenta de algo entonces. Esa culminación que vino y se fue, tan efímera, me dejó acariciarte.

No pienses que desistí. Encontré la forma de llegar hasta tu esencia. Hice de un amorfo titán de hielo, tu figura. Te hice nuda, tal y como lo eres en mis fantasías: con el cuero terso y brillante. Le arranqué al monstruo deforme todo lo que no eras tú, como si de la cierta pesadilla de no tenerte jamás, emergieras y me helaras, con un beso en el cuello, la sangre. Tus ojos se abrieron cuando el cincel les dio la luz, y en uno de los pellizcos que la lima le asestó, me pareció ver bajo la escarcha, la intensidad de un Sol  desintegrándote con un ritmo cruel. Pero aún así, tan cristalina era tu mirada como en los sueños.

Te hice a medias. Ya sangrabas agua cuando apenas pude perfilar tus pezones. Pero eras bella, tan bella como jamás te he visto, y efímera. Te acaricié sabiendo que la canícula de mis dedos adelantaba tu extinción, te abracé y te besé, pero sobre todo te contemplé. Vi, sentado en el suelo y empapándome de ti, como tus ojos se convertían en lágrimas y como se formaba un pequeño lago en lo más alto de tu cabeza, que de vez en cuando desbordaba y erosionaba, con el paso del líquido, tu contorno.

Cuando tan solo un pedazo de tu pecho quedaba por deshacerse, lo sostuve entre mis manos, y con los latidos de mi corazón te devolví a la celda de mi ficción.

martes, 11 de septiembre de 2012

Defunto.


Estar muerto es algo así. Comer cuando tienes el estómago vacío, porque hasta los muertos necesitan nutrirse, respirar cuando lo necesites y, en general existir. Casi es lo mismo que estar vivo, pero estando muerto. Los que no viven deben sentir algo ahí, en el pecho. Algo extraño, una pequeña presión que te indica que efectivamente; no estás vivo.  En ocasiones arde, otras veces está hueco, pero hay una presencia  intangible que no cesa. Sé que estará pensándolo, y ya sé que tiene ciertas similitudes, pero sacar  la conclusión de que estar muerto es como estar enamorado es algo precipitado. No es que los muertos no puedan tener erecciones. Yo creo hasta haber visto hijos de muertos. No, no es eso.  La diferencia ha de ser otra. Se dice por ahí, ya sabe cómo es el vox pópuli, que el corazón de los muertos no late y que la sangre no fluye. Mentira.  Es más, yo, desde mi defunción les aseguro que aquél que se haya atrevido a decir tal sandez carece de vida. 

Creo, querido lector, que habrá hecho un chasquido de dedos mental y se habrá dicho así mismo: “¡Ya lo sé, ya sé por qué un muerto está muerto!”. Pero ya le adelanto yo que no, no es por eso. Los muertos también pueden tener pasiones.  No sé si podrán llegar a enamorarse.  Aunque desde mi experiencia le daría unas palabras afirmativas, pero quién sabe; cada muerto es un mundo. No siga por ahí, no, tampoco es cuestión de tener alma o no. Para afirmar que los muertos tienen alma, primero tendría que saber qué es el alma. Yo no sé que es, pero si quiere le digo qué creo que es, que son dos cosas muy distintas. Desde la llanura de mi perspectiva, el alma es miedo. Miedo a uno mismo. A la propia existencia; miedo a que lo que somos, en nuestra entera totalidad se deshará algún día en larvas de vaya usted a saber qué insecto. Sería triste que existiésemos -ya no digo vivir- casi cien años. Años repletos de minutos, segundos y cosas que aún pasan más rápido que los segundos haciendo cosas. Casándonos, trabajando o bienviviendo si tiene suerte para que llegado el día, todo este tiempo empleado en algo se esfume. No podría ser eso. El alma es como el albarán de la existencia, indica más o menos las cosas que has conseguido en existencia. Si, ya sé que pensarás que hay quien es recordado para la posteridad… Tiene suerte, estimado lector, de que las carcajadas no queden escritas todo lo bien que queden en persona. ¡Qué más da, si al final, el que te va a recordar será otro desalmado! Es por eso que dicen que el arte se hace con el alma. El arte es puro miedo, ya se lo digo yo.

Pero, volvamos al análisis de la picadura pectoral de los defuntos, término que me acuño yo aquí rápidamente. Hasta ahora no ha acertado ni una. Al final me forzará usted, a que le diga qué cosa es esa presencia en el pecho. Pues bien, vista su torpeza se lo diré. Son lágrimas atrapadas. “¡Qué cursi!”, pensará. Pero piénselo detenidamente. Las lágrimas manan del pecho y luego ya, en última instancia, salen por los ojos. Dato, que si no sabía ya lo sabe. Resumiendo el asunto. Estar muerto es no poder llorar. Y es una buena diferencia, más bien una condena para los defuntos. Todos sabemos que el dolor que puede soportar un hombre supera con creces las dimensiones físicas del mismo. Por eso, se comprime tanto que se convierte en estado líquido. Algo sabrá usted de física, digo yo. Y ahí se guarda, en el pecho. Y ya cuando uno llora se deshace del dolor. Si no, ¿para qué se pensaba que servían las lágrimas?
Supongo que la duda que le asalta ahora es la causa de la defunción. Bueno, eso es lo más sencillo de todo. Ocurre que cuando un vivo recoge dolor en exceso y no lo evacúa, al final el dolor, de tanta presión acaba solidificándose. Y oiga, hasta donde yo sé el dolor no se caga.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Entre el salitre.


Leonor, cariño, ¿te importa si nos sentamos aquí? El sol está a punto de ponerse y me gustaría verlo, además, de la caída del otro día tengo la rodilla hecha unos zorros. ¿No me digas que no es precioso? No me canso de ver cómo el mar se va apoderando de la luz a pellizcos hasta que solo queda esa bruma rojiza arrullándome los recuerdos. Esta cala tiene algo; no hay día que venga y el ir y marchar de las olas no consiga desenterrar el tesoro que hemos ido guardando, con los años, bajo la arena de esta playa. El tesoro no es otra cosa que nuestras vidas. Que sí Leonor, no me pongas esa cara que aquí hemos vivido mucho. Tú siempre tan escéptica…
Hemos tenido una vida muy romántica, aunque quizás sea yo el que le ponga glosas de fantasía a las páginas del pasado. A lo mejor tú no lo recuerdas así, pero eso es lo de menos, las historias son de quien las cuenta. Y fíjate, que la historia de nuestras vidas es la que más me gusta contar, pero jamás sé dónde empieza; con eso de que nos conocemos desde el colegio es difícil ponerle un año a la primavera de nuestro amor. Yo creo que este lugar tuvo algo que ver. ¿Qué tendríamos veinte años, no? Lo nuestro era muy raro para el momento, tan raro que nadie sospechaba que te escapabas por las noches, y menos para juntarte conmigo aquí. Me acuerdo que por aquel entonces empezaron a aparecer las suecas en bikini y no había macho español que se resistiese a comprobar si aquellas sirenas venidas de tierras lejanas se tapaban tan poco como decían.  Ahora queda muy bonito decirlo, pero nunca me interesaron demasiado. Te tenía a ti casi todas las noches chapoteando a unos metros de donde estamos sentados ahora. Tan sólo cubría nuestra desnudez el manto traslúcido que la luz de la luna creaba a ras de la marea. Aún puedo sentir el calor del agua que te envolvía. ¿Tú dirías que ahí ya nos amábamos? No sabría que decirte. ¿Tú crees que sí? Yo tengo la teoría de que fue el fulgor de la luna, el ronroneo de las olas, el sabor salobre de los besos y las citas submarinas de nuestras manos las que convirtieron un experimento pueril en un pacto de mutua dicha eterna. Más que una teoría, estoy convencido de que fue así.
Pasaron los años y jamás dejamos de venir. Pero ya veníamos a otra cosa. El tiempo te coloca un sayo de pudor del que no consigues deshacerte y dejamos atrás la voluptuosidad de nuestros baños  para encomendarnos al paseo y a la lectura. Y no pienses que digo esto disgustado. Los chapuzones me gustaban, pero supongo que cada etapa de la vida tiene sus bondades peculiares. Quizás nos faltó tener hijos. En muchas ocasiones me he preguntado por qué nunca nos aventuramos. Pero da igual, no me arrepiento, ahora ya es tarde. La vejez convierte la pira de la juventud en un manto de ceniza. Aunque reconozco que me habría gustado traerlos aquí, si es que hubiésemos tenido más de uno, a pasear cogidos de la mano. Ya cariño, ya sé que soy un cursi. Siempre lo he sido, a estas alturas no tiene sentido tratar de ponerle remedio.
Venir aquí es pasear por nuestras vidas, o como a mí me gusta decir, contar las joyas de nuestro tesoro y contemplar que tan brillantes y tan bien pulidas se conservan bajo la arenilla de nuestro romance. Y al revés lo mismo, rebuscar en las memorias de nuestro devaneo es caminar sobre esta arena. Me alegra ver que te hace reír verme sensiblero, divagando como un viejo bobo. Sí, tú ríete, pero luego eres la primera a la que le brillan los ojos como una tonta cuanto te digo de venir aquí. En el fondo, te gusta este sitio a ti más que a mí. Y eso ya es decir. ¿Sabes qué? Esto nunca te lo he dicho. Si tu hermana no se hubiese puesto como una posesa cuando se lo comenté, te habría incinerado y habría esparcido tus cenizas por esta misma orilla. Casi me mata cuando se lo propuse. No le culpo, ella no puede imaginarse ni la mitad de lo que aquí hemos pasado juntos.
¿Qué porqué sigo viniendo aquí todas las tardes a hablar contigo? No me lo preguntes como si no te gustase que viniese, Leonor. Si vengo es porque te quiero. Además, tú siempre decías que somos lo que vivimos, con ese tono de voz tan categórico y pragmático que te ata a la realidad. Por eso vengo aquí siempre que puedo, porque sigues viva en el reflejo oxidado de la puesta de sol; en la brisa y en la arena; en el salitre de mis labios. Te guardo como la joya más preciada de nuestro tesoro.

lunes, 25 de junio de 2012

Los ángeles no tienen nombre.


Estaba él apoyado en la baranda de hierro forjado, siguiendo con el dedo la espiral de uno de los barrotes que se enrollaba sobre sí mismo. Miraba, desde el balcón, como el sol se agazapaba entre los edificios y soltaba algún destello furioso antes de que el horizonte se lo comiese, ajeno a la presencia que se acercaba con sigilo para sorprenderlo con un beso en la nuca y sacarlo del absurdo de contar cuantas veces era capaz el hierro de circunvalarse. Ella, aún sin haberlo sacado de su obnubilación, le pegó un tirón del brazo y le dio la vuelta, para situarse frente a frente y saludarle comprobando a qué sabían sus papilas gustativas. Tanto le gustó el sabor, que como si en vez de brazos tuviese cadenas se abrazó a él y hundió las uñas en su espalda, y las arrastró por la piel tatuándole con pasión unas alas.

Él, recuperado ya de la sorpresa, le dio potestad a la lengua para elegir los destinos de sus propias excursiones; se escabulló por la comisura de los labios y le dio por trepar por los pómulos de ella inventándose un camino de eses con las que evitaba sus pecas hasta llegar hasta el lóbulo de la oreja donde le susurró unas palabras en un idioma tan dulce, nuboso y suave que hasta las peticiones más voluptuosas se tornaban en deseos pulcros.  Se separó de su oreja y con los pulmones llenos, soltó una bocanada de aire que lanzó sobre su cuello y fue bajando hasta casi la altura del ombligo. Las prendas de vapor de agua que tenía ceñidas a la piel quedaban difuminadas hasta desaparecer conforme el soplido las atropellaba.

Sin desearlo, y sin tener conciencia de ello, sus pies se despegaban de la superficie al tiempo que las nubes con las que estaban tejidas sus prendas  eran desmembradas, aspiradas, o simplemente apartadas abanicándolas con la mano. El sol anunciaba su ocaso y ellos, se erigían sobre el cielo; eclipsando a la luna. Flotando sobre el mundo y habiéndose despedido de la gravedad se recorrían las formas el uno al otro con celestialidad. Los cabellos de ella eran pelirrojos, y allí, en la altura de lo divino se esculpían a sí mismos cobrando formas vivas que cabalgaban con elegancia sobre sus cueros.

Bendecidos con la pasión y con la sangre hirviendo bajo sus cuerpos, se regalaban amor con los dientes, la lengua, las uñas, las manos, con la voz y hasta con la nariz. Sus miembros eran serpientes tendenciosas que se entrelazaban y que buscaban, con ansia devorar todos los frutos. Se bebían, se comían y se oían cantar de placer en ese dialecto que solo ellos podían articular. Sus cuerpos se fundían en sudor y efluvios que caían donde los mortales gota a gota. Llovía amor. 

martes, 12 de junio de 2012

Lo que el hielo me robó.



Se llamaba Nikolay. Y aún me acuerdo de la primera vez que se fue. Una madre no olvida los ojos con los que un hijo le dice adiós. Parecían dos esferas de azabache recién pulidas; grandes y brillantes. Me miraba con la cabeza inclinada hacia abajo porque, él, era muy alto aunque siempre me decía que no; "eso es porque no has visto a Alexandr o a Yuri", repetía cada vez que le pedía que no creciese tanto. Claro que había visto a sus amigos, solo que para mí  siempre sería el más alto, el más fuerte, el más listo y el más guapo. Siempre sería mi hijo.

Se fue a que lo mataran, con ese traje que dicen que es de un color que no es. Él levantaba la gymnastiorka con las dos manos en el aire y la miraba con tanta ilusión como pocas veces le vi sentir. Él debía ver verde. Yo en cambio, no sé si por algún azar premonitorio o por el desasosiego que le causa a una madre contemplar a su hijo sosteniendo la prenda con la que a lo peor acaba muerto, veía gris. Como si mirase una foto. Pero a Nikolay le encantaba, no el color verde, sino lo que representaba. No era un trozo de tela, al menos para él, era un símbolo. Y creía en ese símbolo; tenía una necesidad imperiosa de defenderlo. Yo le solía decir que no se enamorase de nada que no pudiese llevarse a la boca. Eso de encariñarse con las ideas lo aprendió fuera de casa.

Se fue el 23 de junio del año cuarenta y uno. La noticia de que los nazis nos habían atacado bruñó sus ojos hasta sacarles un brillo exacerbado. Esa mañana, unos golpes en la puerta me sacaron de la cama. El sol aún no asomaba por completo y algún que otro haz pincelaba una nube de naranja. Cuando abrí, al otro lado se encontraba Yuri, el amigo de mi hijo.  Se debatía entre el nerviosismo y el miedo, o quizás simplemente estuviese emocionado. Temblaba. Solo pudo pronunciar el nombre de Nikolay a trompicones. No me dijo qué ocurría. Si me lo hubiese dicho le abría cerrado la puerta en las narices. Pero no lo hizo. En cualquier caso, no habría conseguido nada echándolo. Se habría enterado de cualquier forma.

Me acerqué hasta la cama de Nikolay para despertarlo y le dije que preguntaban por él. Estaba esperando ese momento desde que tuvo la guerrera en sus manos. Abrió los ojos, y con una lucidez pasmosa fue a ver quién era sabiendo qué ocurría. No hablaron, ni una palabra. Se miraron, esperando a que alguno de los dos articulase la primera sílaba. Los temblores se contagiaban a través del silencio. No necesitaban frases. Sus rostros eran un portal que conducía a las profundidades de sus seres. Sentí cómo podía nadar entre sus temores, cómo el espectro de la muerte rondaba por sus consciencias. Pero había algo más: un fulgor que tragaba odio y ansiaba sangre. Una luz tan potente que cegaba. En ese momento fui consciente de que la cólera era la antorcha de aquellos dos ciegos. No había nada que hacer. Nikolay asentó con la cabeza y cerró la puerta. Se vistió de gris, me besó en la frente y se marchó sin prometerme que volvería.

*****
Los días se tornaron extraños. Cuando vives con la incertidumbre de no saber si tu hijo está muerto te vuelves insensible a todo. Llegaban algunas cartas, no muchas, pero alguna que otra recibíamos del frente. Esto no es Moscú, es un pueblecillo pequeño y por aquél entonces lo era aún más. La noticia de que unas palabras habían escapado a las balas, al fuego y las bombas  movía a cualquiera que tuviese a alguien en las trincheras a agolparse en la puerta del destinatario con la esperanza de que trajese noticias. No solía ser así. Lo más común era que fuese una simple señal de vida. O el aviso de algún camarada que avisaba de que tu hijo, marido o hermano había muerto. De Nikolay nunca tuve noticias. Llegué a enterarme de la desgracia de alguno de sus amigos. Pero nunca llegó ni una sola palabra sobre él.

La guerra acabó para Rusia en mayo del cuarenta y cinco. Se tomó Berlín y se hizo lo que se suponía que debía hacerse. Pasadas unas semanas, los soldados empezaban a llegar a sus casas con  cuentagotas. La euforia de haber vencido a los nazis desaparecía de sus rostros cuando entraban en el pueblo y veían en las caras de las gentes, la espera eterna a la que habían quedado condenados. No fue hasta pasado un tiempo que las camas frías de las recién viudas confirmaron lo letal que había sido la guerra. Los relatos, traídos del mismo infierno eran susurrados por aquél que se atrevía a revivir el desastre. Eran crónicas cargadas de destrucción, de hambre y de frio, cebadas de heroísmo por unos o de tragedia por otros, según quién las contara. Por el contrario, el silencio y el olvido era lo único que les protegía de tener que explicarle a la madre de un camarada en qué circunstancias había muerto su hijo. Pensaba que tras algo así se encontraba la historia de Nikolay. Nadie sabía nada.

Los meses pasaban más lentos desde que acabó la guerra. La esperanza de que alguno de los soldados que llegaban fuese Nikolay se desvanecía cada vez que uno de éstos no acababa en mis brazos. Pero ninguno de éstos era ni tan alto ni tan guapo. Casi lo doy por muerto. Falto muy poco. Pero volvió. Tardó cuatro años y tres meses pero volvió. Llegó el doce de septiembre, si es que la memoria me es fiel. Estaba irreconocible; el brillo de sus ojos se había tornado en asperezas. La ilusión con la que sujetaba la guerrera se le murió junto con otros muchos amigos, camaradas, compañeros y conocidos. Llegó sin uñas; con los dientes reducidos a la mitad, limados y con garabatos grabados a fuego por todo su cuerpo. Solo tuve la valentía en una ocasión para preguntarle por lo que le había ocurrido. Él me miró, a los ojos, con ternura y comprensión, aunque con algo de severidad. No pude sumergirme en la oscuridad de su mirada como había hecho otras veces. Quizás no había ya lugar en el que zambullirse ni emociones que curiosear. Se ve que en las uñas va el alma. Y así, sin decir nada, negó con la cabeza suavemente y enterró para siempre el origen de sus cicatrices.

Supongo que no es el tipo de cosas que se le cuenta a una madre. A pesar de ello, he escuchado historias en las que se dicen las cosas que los nazis les hacían a los presos de guerra. No sé hasta qué punto serían verdad… lo más sencillo fue no creer en esos rumores. Una, tras tantos años y tras otras cuantas penurias acaba dándose cuenta de que la vida es humo. La verdad no está hecha para las personas; nosotros nos desenvolvemos en una realidad en la que si el agua es agua, es porque moja.

Tras su llegada, la vida volvió a su cauce. Y la cálida rutina de una vida común llenó nuestros días. El fin de la guerra trajo una atmósfera de alivio y dejó en su carácter una impronta de sumisión y tranquilidad. Y aunque daría mi aliento por poder dejar de escribir aquí, hay existencias que están hechas para la desgracia y el dolor. Y parece ser que la de mi Nikolay es una de ellas.

Yo no estaba presente cuando se lo llevaron. Salió de casa dejando la cama sin hacer, a mediodía, y ya no pudo volver. Ni siquiera pude mirarle a los ojos por última vez; desde que la policía secreta lo arrestó nadie lo ha vuelto a ver. Cuando me enteré por una vecina de que me habían quitado a mi hijo fui a que me lo devolvieran. Lo que me dijeron entonces, escondía una maldad y una crueldad como la que jamás he visto en los años que llevo viva. Me dijeron que Nikolay había traicionado al resto de sus camaradas, que era un desviacionista y un contrarrevolucionario. Esas palabras, que ni siquiera ellos eran capaces de definir me golpearon como un rayo.

Esto no me lo dijeron, pero me atrevo a afirmarlo sin temor a errar: lo detuvieron porque había salido del cerco del sistema comunista. Aunque lo único que hubiese visto, sentido y sufrido más allá hubiese sido como le arrancaban las uñas una a una, la sensación de que una lima arañase sus dientes hasta convertirlos en tiza o el calor de una vara ardiendo dibujando en su piel los caprichos de algún hijo de puta. A los campos de trabajo que lo enviaron. Y todo por miedo, por un pavor que convirtió a cualquiera que hubiese estado expuesto a algo distinto al comunismo en enemigo de éste. Actuaron poniendo en cuarentena a los que podían estar infectados de un virus del que no sabían ni sus síntomas. Y por supuesto, Nikolay estaba infestado hasta la médula. Debieron pensar que si tras haber sido torturado estaba vivo, con algo habría comprado su vida. Si es que pensaron y no aplicaron sistemáticamente sus temores convertidos en proyectos letales.

Pensar que está vivo es un lujo que no sé si puedo permitirme. Con el tiempo, una se cansa de alimentar la esperanza; en ocasiones me siento como los burgueses de antes, acaparando piezas de oro y frotando esmeraldas y rubíes con paño durante toda una vida hasta que se mueren sin darse cuenta de que no hacían más que darle mantenimiento a sus grilletes. En parte hago lo propio con la posibilidad de que Nikolay siga con vida ahí, en cualquier rincón de un paramo siberiano. A veces pienso que, quizás, deshacernos de la esclavitud sea lo que nos trae la infelicidad. El feliz no puede ser libre; el amor, la riqueza, el poder. Todo son cadenas. Incluso el que se aferra a su libertad es esclavo de la misma. Únicamente elegimos de qué están forjadas nuestras cadenas. De esto me doy cuenta ahora… En cualquier caso, no se ha de tomar esto como un intento por mirar bajo los estratos de la persona, tan solo son torpes reflexiones que se me han ido iluminando en el desamparo de estos últimos años.

Hoy, tras casi ocho años de debatirme conmigo misma si abandonar a Nikolay y reconocer el fin de su agonía o engordar el sueño de un retorno, algo ha ocurrido con la fuerza suficiente como para cambiar mi realidad. Hoy, el cinco de marzo de un año cincuenta y tres, Stalin ha muerto. Y son las cadenas que me atan al aliento de Nikolay las que me han arrastrado a escribir la biografía de sus desdichas. Con la fe de que su historia despierte en los próximos dirigentes la comprensión necesaria para dejar, algún día, a esta madre morir bajo la mirada de su hijo.