martes, 5 de junio de 2012

El viudo poeta que era analfabeto y otros ayudantes.


Ha vuelto a ocurrir. Esta mañana, una diminuta criatura de homínidas formas me ha estirado de los pelos de la barba hasta despertarme. Un viejo de un palmo de alto me ha ordenado, con voz imperativa, salir de la cama y vestirme. Se me ha subido al hombro y ha sacado de mi oído una gayata, un puro y una caja de cerillas. Ha apoyado el bastón sobre su regazo y ha encendido un misto en mi cuello, lo ha acercado al extremo del cigarro y lo ha arrancado a caladas. En silencio, ha saboreado el tabaco mientras lanzaba al aire figuras de humo amorfas. Y así ha estado un buen rato hasta que ha estallado a hablar con un desenfreno digno de aquél que acaba de perder la mudez. Se ha presentado. Eusebio se llamaba, pero desde que se le murió la mujer, Leonor, prefería que le llamasen Antonio. Como Machado. Era analfabeto pero me recitó “A un olmo seco”, como si hubiese sido su pluma la que le hubiese pedido otro milagro a la primavera. Me comentaba que su hijo, que en buena hora fue a la escuela y que era listo como un lince, se lo recitó hasta recordarlo. Así se salvó el chaval de más de una colleja, reconocía gruñendo. Por lo visto, el lázaro que tenía por vástago le practicaba la extorsión con la poesía.

Que era de un pueblo del levante, pero que no me iba a decir el nombre. Que me lo imaginase yo, que todo lo que se desconoce se llama igual. Y yo, por no llevarle la contraria lo empadroné en Maríadelosmares en lo que tarda en pestañear un murciélago. Por cierto, villa paradisiaca donde las haya.  De esas, que aún besando el Mediterráneo y teniendo playas de color miel, están por desvirgar.  Resultó ser conformista e hizo de Maríadelosmares tierra natal como si se tratase aquello del mismo cielo bendito. Pescador de profesión que lo hice. Aunque no le debió gustar el mar cuando de un garrotazo en el lóbulo me corrigió. Que aunque junto a la playa hubiera nacido, pastor de cabras había sido engendrado. Una boina le echaba yo en falta a aquel cabrero. Se ve que en el levante no son de chapelas.

De camino a la cocina a prepararme el café del mediodía, aquel hombre seguía contándome las peculiaridades y las extrañezas de su vida. Le ofrecí una taza, pero me respondió que los que no existen, ni comen ni beben nada que tenga dimensiones empíricas. Las elucubraciones  suelen ser así de caprichosas. No me extrañó. Él, volvió a meter la mano en mi oído y desenterró de entre el cerumen un carajillo. Aún siendo la taza diminuta, rebosaba aquello un hedor a orujo destilado en casa que me arrancó una arcada.

            -Eusebio, ¿está usted seguro de que quiere beberse eso?

            -¿Qué no te he dicho que me llames Antonio, como Machado?- me insistió al tiempo que me calentaba la oreja con la gayata-. Y por supuesto que quiero bebérmelo, los efluvios del orujo me confieren atributos sobrenaturales.

            -Si de tan solo olerlo me está entrando la bobería, no me quiero imaginar lo que le pueda pasar a usted con ese cuerpecillo de hada levantina. Lleve cuidado, y no permita que los efluvios le hagan caer de mi hombro, que si no se acabó la conversación.

            -Déjate de sandeces. Mira a Baudelaire que se ponía el muchacho de ajenjo hasta el entrecejo y ahí lo tienes. Más vivo que tú y que yo juntos.

            -E…Antonio, está usted comenzando a delirar. ¿Usted sabe de quién habla?

            -¿Delirar? – dijo mientras trataba de alcanzarme la oreja de nuevo con el bastón, pero por lo visto entre los poderes que aquel brebaje le dotaba no estaba la puntería-. Deja de moverte que me mareo…

            -Si ya le he dicho yo que eso era veneno.

            -No me interrumpas que te arreo – decía como si en la amenaza trajese alguna novedad-. Te decía que el francés está más vivo que los dos juntos. Es posible que no respire. Eso no te lo niego. Pero vivo está. Es que tienes tú una visión de la vida un poco oscura. Y estrecha también. ¿Así que consideras vivo a un humanillo que te saca de la cama y que se te sube a la chepa pero el mamón del francés, al que le puedes hablar y que te escucha, porque hablar no habla que ya lo tiene todo dicho, está muerto? Eres un poco limitado.

            -Y usted está borracho.

            -Ya, pero lo mío es transitorio, como la vida misma.

            -Para no saber leer, tiene usted una verbosidad exquisita.

            -Díselo a mi hijo. A mí no me vengas con piropos que te arreo – de hecho lo volvió a intentar pero hasta perdió la gayata en el intento-. El caso es que te estaba diciendo que hay más de una vía  para mantener la vitalidad. Y con eso, ¿sabes cuál ha sido el mayor genocidio de la historia vuestra, la de los humanos? – comentaba la pobre criatura mientras bostezaba y apoyaba la cabeza contra la pared de mi cuello.
            -Ni idea. Aquí es usted el catedrático.

            - La quema de la Biblioteca de Alejandría – afirmaba con pena en la voz y tratando de combatir los efectos del licor-. ¿Cuántas almas quedarían allí, reducidas a polvillo?

Me quedé pensativo, tratando de digerir la batería divagadora que me había lanzado. Cuando traté de comentarle algo al respecto ya estaba él acurrucado entre los brazos de Morfeo. 
        
Eusebio o Antonio –como a él le gustaba-, comenzó perder opacidad hasta vaporizarse. Se había marchado. Es algo que suele pasar. Algunos que vienen se van sin contar todo lo que deberían. Ha habido veces que he tenido invitados, así los llamo yo, durante semanas. Como aquella mujercilla que se estaba ahogando en una jarra de cerveza y salvé de la muerte. Se pasó un mes subida en mi hombro. María, si no recuerdo mal. Decía estar muerta, y que más le valía la defunción que la vida. Le falló el recurso al suicidio. Se le había ido la hija con los angelitos y trató de seguir las migas de pan, pero se perdió en el sendero. “Cuando la muerte te ignora, o es que ya estás muerto o es que has revivido. Yo reviví”, parloteaba, con cierto deje, como si comentara con la vecina la granizada de anoche. Por lo visto, la rescató un buen hombre de morir a la intemperie, y no me dijo qué artes le aplicó, pero como propina a la resurrección le cargó encima un enamoramiento de los que hacen callo. Así estuvieron hasta que, sin quererlo con muchas ansias,  enganchó un embarazo del mismo modo que como se coge un costipado. Y el miedo a perder otra criaturilla, que se le metió  hasta en las uñas, hizo que una tarde se merendase una botella de vodka  y un bote de barbitúricos. Pues esto, que así contado parece que le falte sustancia, le costó soltarlo un mes. Parecía que no le importaba mucho lo ocurrido, pasaba agazapada entre mi melena la mayor parte del tiempo. No sé muy bien que le pasó, quizás el ver las rutinas abrasadoras de mi vida, y de las de todo el mundo que escrudiñaba como el loro de John Long Silver, le hicieron ver que su pavor no fue tanto.  Ver a tanta gente quejarse de una vida a la que se aferraba cambió algo en el mecanismo de su lógica. Al mes, ya  docta en la irrazón del ser humano, me contó lo que había venido a contar y se hizo uno con el aire.

Antes de irse me dijo al oído: “Que no te engañen; el vació existencial no existe, tan solo hay saturación de la nada”.

Todos aportan algo antes de irse. Pero no todos aparecen igual, ni siquiera todos son ensoñaciones mías, al menos no en su diminuta totalidad.  Algunos son personas que he visto antes y de los que me ha llamado la atención algo. El más mínimo detalle que despierte mi interés es válido para que a las horas, días o incluso años,  la señora mayor que canta rancheras en el metro se escurra por mi oído y se monte un trono en mi hombro. O el hombre que sobre una lona plantada en el suelo esparcía joyas de la literatura universal a precios de ensueño frente a la facultad, descienda por la patilla, con aires de escalador amateur, y se quede colgado del cuello de mi camiseta. Por poner algún ejemplo.

Cada uno tiene su particularidad. Hablo con ellos y me entero de sus sentimientos, de sus temores, y de sus sueños. Por mi parte no hace falta que les comente nada, se lo saben todo, ellos son producto de ese todo. Les suelo preguntar por aquello que me ha llamado la atención. A veces me lo explican con sumo detalle, otras veces – y esto es más común- me dicen que me lo imagine. Mejor dicho, me exigen que cree esa parte de su vida que yo no sé y que por tanto ellos tienen en blanco. Y me lo piden con nerviosismo, como si al formular yo la pregunta se hubiesen dado cuenta de que les faltaba medio pasado y todo el futuro. Que ni lo habían vivido ni lo iban a vivir, y que su único consuelo era que yo les diese uno postizo. Muchos se ponen histéricos porque no saben de dónde han salido. Más de uno se ha tirado desde mi hombro al suelo. Otros, que aparecen de forma excepcional tienen claro a lo que han venido. Narran su fantasía como en un teletipo y hasta me dan consejos y apuntes para cuando redacte la entelequia. Al fin y al cabo, para eso los creo.