domingo, 9 de septiembre de 2012

Entre el salitre.


Leonor, cariño, ¿te importa si nos sentamos aquí? El sol está a punto de ponerse y me gustaría verlo, además, de la caída del otro día tengo la rodilla hecha unos zorros. ¿No me digas que no es precioso? No me canso de ver cómo el mar se va apoderando de la luz a pellizcos hasta que solo queda esa bruma rojiza arrullándome los recuerdos. Esta cala tiene algo; no hay día que venga y el ir y marchar de las olas no consiga desenterrar el tesoro que hemos ido guardando, con los años, bajo la arena de esta playa. El tesoro no es otra cosa que nuestras vidas. Que sí Leonor, no me pongas esa cara que aquí hemos vivido mucho. Tú siempre tan escéptica…
Hemos tenido una vida muy romántica, aunque quizás sea yo el que le ponga glosas de fantasía a las páginas del pasado. A lo mejor tú no lo recuerdas así, pero eso es lo de menos, las historias son de quien las cuenta. Y fíjate, que la historia de nuestras vidas es la que más me gusta contar, pero jamás sé dónde empieza; con eso de que nos conocemos desde el colegio es difícil ponerle un año a la primavera de nuestro amor. Yo creo que este lugar tuvo algo que ver. ¿Qué tendríamos veinte años, no? Lo nuestro era muy raro para el momento, tan raro que nadie sospechaba que te escapabas por las noches, y menos para juntarte conmigo aquí. Me acuerdo que por aquel entonces empezaron a aparecer las suecas en bikini y no había macho español que se resistiese a comprobar si aquellas sirenas venidas de tierras lejanas se tapaban tan poco como decían.  Ahora queda muy bonito decirlo, pero nunca me interesaron demasiado. Te tenía a ti casi todas las noches chapoteando a unos metros de donde estamos sentados ahora. Tan sólo cubría nuestra desnudez el manto traslúcido que la luz de la luna creaba a ras de la marea. Aún puedo sentir el calor del agua que te envolvía. ¿Tú dirías que ahí ya nos amábamos? No sabría que decirte. ¿Tú crees que sí? Yo tengo la teoría de que fue el fulgor de la luna, el ronroneo de las olas, el sabor salobre de los besos y las citas submarinas de nuestras manos las que convirtieron un experimento pueril en un pacto de mutua dicha eterna. Más que una teoría, estoy convencido de que fue así.
Pasaron los años y jamás dejamos de venir. Pero ya veníamos a otra cosa. El tiempo te coloca un sayo de pudor del que no consigues deshacerte y dejamos atrás la voluptuosidad de nuestros baños  para encomendarnos al paseo y a la lectura. Y no pienses que digo esto disgustado. Los chapuzones me gustaban, pero supongo que cada etapa de la vida tiene sus bondades peculiares. Quizás nos faltó tener hijos. En muchas ocasiones me he preguntado por qué nunca nos aventuramos. Pero da igual, no me arrepiento, ahora ya es tarde. La vejez convierte la pira de la juventud en un manto de ceniza. Aunque reconozco que me habría gustado traerlos aquí, si es que hubiésemos tenido más de uno, a pasear cogidos de la mano. Ya cariño, ya sé que soy un cursi. Siempre lo he sido, a estas alturas no tiene sentido tratar de ponerle remedio.
Venir aquí es pasear por nuestras vidas, o como a mí me gusta decir, contar las joyas de nuestro tesoro y contemplar que tan brillantes y tan bien pulidas se conservan bajo la arenilla de nuestro romance. Y al revés lo mismo, rebuscar en las memorias de nuestro devaneo es caminar sobre esta arena. Me alegra ver que te hace reír verme sensiblero, divagando como un viejo bobo. Sí, tú ríete, pero luego eres la primera a la que le brillan los ojos como una tonta cuanto te digo de venir aquí. En el fondo, te gusta este sitio a ti más que a mí. Y eso ya es decir. ¿Sabes qué? Esto nunca te lo he dicho. Si tu hermana no se hubiese puesto como una posesa cuando se lo comenté, te habría incinerado y habría esparcido tus cenizas por esta misma orilla. Casi me mata cuando se lo propuse. No le culpo, ella no puede imaginarse ni la mitad de lo que aquí hemos pasado juntos.
¿Qué porqué sigo viniendo aquí todas las tardes a hablar contigo? No me lo preguntes como si no te gustase que viniese, Leonor. Si vengo es porque te quiero. Además, tú siempre decías que somos lo que vivimos, con ese tono de voz tan categórico y pragmático que te ata a la realidad. Por eso vengo aquí siempre que puedo, porque sigues viva en el reflejo oxidado de la puesta de sol; en la brisa y en la arena; en el salitre de mis labios. Te guardo como la joya más preciada de nuestro tesoro.