sábado, 12 de enero de 2013

Abrazos de mermelada


Toqué el timbre. El olor que desprendía el bizcocho de almendra recién horneado se escurría por debajo de la puerta y me acariciaba el sentido del olfato. Hacía casi dos años que no respiraba de esa atmósfera en la que flotaban la harina, el azúcar y el humo del caramelo tostado. No sabía muy bien qué me iba a encontrar al otro lado.
—¿Quién es? —preguntó mi tío a través del telefonillo.
—Soy Priscila, abre Alejandro.
—Claro —respondió.
Pasé dentro. Había que bajar unas escaleras para llegar hasta el obrador de la pastelería. La última vez que pisé aquellos escalones Alejandro aún no había sufrido el primer brote de esquizofrenia. Luego, salí de España y no me enteré de lo ocurrido hasta que pasaron tres meses. Apenas pude mantener conversaciones telegráficas con mis padres, mucho menos con mis tíos. Llevaba una eternidad sin verlos, sin ni siquiera oír su voz.  La incertidumbre me asaltaba y se mezclaba con la curiosidad conforme descendía y el ambiente acaramelado se volvía más intenso.

Al llegar abajo me encontré con los dos: él coronaba de cabriolas de merengue una tarta con la manga pastelera y ella le reñía, le decía que así no, que eso estaba muy visto y que ya no se llevaba. No se dieron cuenta de que estaba contemplándolos hasta que se me escapó una sonrisa.  Un cosquilleo cálido me invadió al ver que todo estaba conforme lo había dejado. O eso me pareció.
—¡Mira, si ya está aquí! —gritó mi tía Nieves— ¡Pero nena, qué guapa que estás! Cuanto tiempo…
—¡Hola! La verdad es que hacía  mucho que no me pasaba por aquí. Eso sí, ¡aquí sigue oliendo igual de bien!
—¿No nos vas a dar un abrazo? —dijo a media voz Alejandro.
—¿Uno solo? —les dije mientras me acercaba, casi corriendo, hacia a ellos.
Allí estaba él, tras casi dos años. Quizás, y aunque me cueste reconocerlo, cuando bajaba las escaleras el miedo formase parte del cóctel de sentimientos. ¿Sería el mismo? ¿Sería aquél hombre el que me ganó con sus deliciosas y tiernísimas madalenas? ¿El mismo con el que jugaba a luchar, utilizando las barras de pan como espadas cuando mi tía no miraba? Parecía que sí. Tenía la misma impronta, el mismo bigote y algo más vacías las entradas de su cabellera.

Le abracé. Le había echado de menos más de lo que pensaba. Le abracé con fuerza. Y él me respondió. Rodeo mi cuerpo con sus brazos y me quedé esperando unos segundos, con la cabeza apoyada en su pecho, a que cercara el espacio que nos separaba y me estrujase contra él. Pero eso no pasó. Desee con fuerza que lo hiciera, no lo hizo. Su abrazo se quedó en una caricia fría y flemática.
—Bueno, Priscila ¿cómo te ha ido por…? —preguntó mi tía, con voz temblorosa, queriendo arrancarme de aquél tibio acuchón, sabiendo que mi capricho no se iba a materializar — ¿Túnez, Egipto, Libia, Siria? Nena, cuéntanos cómo ha ido, que nos has tenido muy preocupados. Con decirte que la única forma que teníamos de saber que estabas viva era mirando todos los días en el periódico a ver si te publicaban algún artículo  de esos que has estado escribiendo.
—Exagerada… —le contesté, mientras me deshacía de una lágrima antes de que rodase mejilla abajo—. Lo mío es aburrido —dije para escaparme de dos horas en las que engordar mi vanidad con falsa modestia y miles de batallitas, no me apetecía—, prefiero escuchaos a vosotros. ¿Cómo va la pastelería, Alejandro?
—¿Alejandro, eh? ¿Y tu tío qué? —inquirió, intentando lanzar una broma, pero su rostro no parecía acompañarle; apenas hizo una mueca con el labio.
Hacía mucho que no le llamaba tío. Dejé de hacerlo por una broma y desde entonces se me ha quedado, lo hago con cariño, aunque inconscientemente. Yo era muy pequeña, no recuerdo qué edad tenía, tan solo recuerdo que solía ponerme muy pesada. Iba al obrador y empezaba a incordiar, a dar brincos de acá para allá, a gritar y a bailar por todo el lugar. Alejandro, cuando me ponía así, hacia como si no existiese. Jugábamos a ver quién aguantaba más: si él ignorándome o yo molestando. Uno de aquellos días, le llamé por su nombre. Fue tan raro para él que dijese Alejandro y no tío que levantó la mirada y se quedó extrañado, observándome hacer piruetas mientras cantaba. Aquella la gané yo. Desde entonces empecé a gritar su nombre cada vez que quería llamar su atención, y así, se convirtió aquello en vicio sin corregir.

Me preguntaba dónde estaba aquél Alejandro, el cómplice de mis travesuras, el  que me abrazaba con fuerza. Parecía él, el mismo. Estuvo hablando, contándome cómo habían pasado el tiempo que estuve fuera. Cómo se enfrentó al brote de esquizofrenia y cómo, gracias al empeño de mi tía, decidió volver a trabajar de nuevo. Intentaba arrancarme un par sonrisas con alguna anécdota, pero siempre sin alterar el tono de la voz, con el gesto impávido y evitando el contacto visual.

Un parásito se movía insidiosamente bajo mi piel. Una alimaña que  me abstraía y me empujaba fuera de la nube confitada que embriagaba mis sentidos. Un impulso egoísta me dominaba y me arrojaba a la dependencia de sus muestras de cariño. Me importaba una mierda si me besaba o me golpeaba. Quería una reacción, aunque no fuese afectuosa. Necesitaba volver a sentirme su niña. No podía dejar de pensar en ello mientras hablaban. Había perdido el hilo de la conversación. Y cuando aquella chinche que me carcomía  me permitió volver a sentir que la esencia del merengue trepaba por mis fosas nasales, mi tía estaba hablando de darme algo. Se trataba de una bolsa con el logo de la pastelería, parecía llevar una caja dentro. Me dijeron que eran unas cuantas madalenas. También las había echado de menos a ellas.

De camino a casa, no pude evitar la tentación de abrir la caja y coger una. Me senté en un banco de un parque cercano y apoyé el regalo sobre mi regazo. Cerré los ojos, y como era costumbre destapé el cofre del tesoro dejando  que el aroma su acariciase. Sentí soñar con el pasado. Al abrirlos de nuevo, pude ver que flotaba entre los trocitos de chocolate una carta que rezaba en el dorso: “De Alejandro para Priscila”. Rompí el sobre y cogí uno de los bollos mientras leía.

“Querida Priscila:
Espero que disfrutes de las madalenas. Son tus favoritas. Esas de bizcocho con pepitas de chocolate y que van rellenas de mermelada de frambuesa.

Últimamente me cuesta expresarme. Los médicos lo llaman pobreza afectiva, pero en realidad por mí interior fluye un torrente de emociones que me cuesta manifestar. Por ello te doy estos dulces. Llévatelos a casa y tómalos, como siempre has hecho y piensa que el bizcocho, la mermelada y el chocolate son las palabras y los abrazos que me cuestan regalarte.”

Aquellas palabras se mezclaron con el bendito sabor del pastel, que actuaron conjuntas a modo de veneno contra el bicho que me martirizaba. Volví a dejar la madalena en la caja, ahora incompleta, y puse rumbo al obrador, de nuevo, con la intención de estrujarme contra su pecho.