miércoles, 6 de noviembre de 2013

La niña

La niña tenía la piel del color del agua y los ojos como dientes de león. La niña era flaca, con la espalda curvada hacia adelante y con brazos de golondrina. Cada día llegaba a casa de la escuela con su mochila azul cielo a los hombros. ¡Tan llena de libros, libretas, lápices de colores y estuches de algodón! Revoloteaba y su madre le decía: “Quita de ahí, niña”. Se asomaba y su hermana: “Calla, niña, no me molestes”. Se sentaba a los pies de su padre: “Fuera de aquí, niña”. La niña se descolgaba la mochila y, ligera, se iba al balcón, a apoyarse en los barrotes de hierro forjado. Veía el mismo viento que mece las nubes corriendo y acariciándola. Allí no molestaba a nadie. Un día, el viento le susurró: “¿Cómo te llamas?” La niña no se acordaba ya, pero el viento le puso uno. Y después de que ella abrazara al viento y éste la meciese, como lo hacía con las nubes, y la columpiase en el aire, todos la llamaron por su nombre.