domingo, 10 de marzo de 2013

Ototoxicidad


Como cada martes desde hacía unos meses, Daniel y Fernando estaban reunidos al calor de dos tazas de humeante café negro, inmersos en la misma conversación semana tras semana.

—No sé cómo agradecerte todo el tiempo que le has dedicado… —dijo Fernando, con una voz temblorosa, débil y carcomida por la enfermedad.

—No diga usted tonterías, Fernando. Tan solo hemos conseguido una ristra de fracasos: uno cada vez mayor que el anterior — interrumpió Daniel, con toda la gravedad de sus palabras.

—Daniel, aún eres demasiado joven, ¿qué tienes? ¿Treinta? No, no llegas aún a los treinta—se contestó a sí mismo—. Eres un genio, por eso vine a ti, pero desconoces ciertos recovecos de la vida. Me voy a morir, quizá la semana que viene no tomemos café — se detuvo, respiró, le arrancó un sorbo a la taza y continuó—. Eso ya lo sabes, y lo supiste desde el primer momento. No he venido hoy a decirte que tu aparato no me ha servido, sino a darte las gracias.  El cáncer y toda la cicuta que he tragado me han ido quitando el oído poco a poco. ¡Los llaman ototóxicos porque afectan a la audición! Pero a mí me envenenan el alma… —elevó la voz, al tiempo que una lágrima surcaba las arrugas de su rostro.

—Ya veo lo importante que es para usted volver a escucharlos—asintió Daniel.

—¡No es cuestión de escucharlos! Para escucharlos me sirve tu invento: es un aparato fantástico, capta con supina precisión los sonidos millones de veces mejor que esos audífonos de usar y tirar que venden por ahí —reconoció, todo lo exaltado que su debilidad le permitía—. Pero no se trata de eso, conforme fui perdiendo oído empecé perder matices de Haydn, de Schubert, de Mozart… ¡Me pareció entender a Bethoveen! Pero solo me lo pareció —farfulló Fernando—. ¡Los matices lo son todo! Son los que conducen la espiritualidad de la música, el alma… ¡Ah! Pensarás que me pongo cursi, pero el problema de tu aparato es que no es capaz de captar eso: solo capta ondas. ¿Lo entiendes? No hay nada que hacer, querido Daniel. Y yo te agradezco que lo hayas intentado; que me hayas permitido soñar con volver a sentir la magia de la música.

—No le entiendo, Fernando… No puede existir tal cosa —dijo Daniel, contrariado.

—¡Qué joven eres, querido! —sentenció Fernando.


La conversación llegó a su término y se despidieron con la sospecha de no volverse a ver. No hubo más café los martes, ni más cháchara sobre el alma de la música. Fernando murió sabiendo que ningún oído artificial podía devolverle lo que había perdido: el sentir estético de la melodía; tan propio, tan subjetivo…Daniel, en cambio, vivió lo que le quedaba de vida pensando que todo aquello tan solo eran las últimas reflexiones de un pobre romántico y moribundo. Al fin y al cabo, Fernando se equivocaba: la espiritualidad y el alma nada tenían que ver con la edad.