lunes, 13 de junio de 2011

Selectividad.

Nervios. Lo inundan todo. Las caras de aquellos que se van a enfrentar a su futuro así lo manifiestan. Los jóvenes buscan con impaciencia el aula en la que tienen que demostrar en hora y media todo lo aprendido en una vida. Buscan sus carnets de identidad en sus bolsillos, bolsos, carteras o mochilas. Se lo llevan a la boca, lo muerden con fuerza mientras sus ojos se desplazan horizontalmente a una velocidad vertiginosa a lo largo de un folio repleto de apuntes. No sirve de nada pero el sujeto aprovecha la mínima oportunidad para rascarle algo de conocimiento a los inertes trozos de papel. Los llaman y acuden en trompa hacia la voz que pronuncia sus nombres. Enseñan sus carnets y entran en el aula dándole golpecitos a la foto en blanco y negro impresa en el trozo plástico. Nervios, nervios y más nervios. El joven mira a su alrededor y se encuentra con los de su especie, intenta consolarse con las caras de desubicados que éstos visten. La técnica parece funcionar.

Otra persona ha aparecido de la nada con un sobre marrón en la mano, lo abre y el instrumento de juicio aparece bajo el papel marrón. Se reparten y el chaval se pone manos a la obra. Acaba y los nervios desaparecen, hasta el próximo examen.

¡Oh! Qué curioso es observar al ser humano, qué curioso es apreciar la manera en la que trata de alcanzar sus fines. Es precioso verles las caras a estos especímenes a medio desarrollo cuando acaban selectividad. Es mágico cómo se elevan hacia su propia nube, un lugar en el que no quieren visitas que traigan con sigo estas palabras:"la vida sigue".