domingo, 18 de septiembre de 2011

Palabras.

Las palabras van y vienen, fluctúan, se contraen y se dilatan, se diluyen en la brisa del abandono. Solo son letras encadenadas. Una tras otra. Amalgamas de tinta o vibraciones que dan lugar al sonido. Las palabras son criaturas condenadas al martirio del olvido. Las palabras se las lleva el viento, dice el refranero popular. Y con lo que el viento no puede acabar, lo harán las llamas alejandrinas.

Todo se encuentra supeditado a los caprichos del devenir. Confiar en las palabras es encomendarse a la destreza de la suerte para solidificar el aire o el papel en hechos. Aquel que lanza aseveraciones y favores al aire desconoce el futuro. Sus afirmaciones son inertes, cargadas de un sentimiento o una intención que no son reflejadas al articular vocablos. La cuestión es creer en los propósitos con los que éstas son liberadas al igual que en aquel que las hace libres, las palabras. Confiar en el ser humano y no en lo que éste dice. Ceder ante la idea de que este hará todo lo posible para adecuar el devenir a aquello que dijo, de cumplir su promesa.

Ahí reside la diferencia entre el político y el amante o el amigo.