domingo, 11 de septiembre de 2011

Ser o no ser.

No volvió a ser el mismo. Aquel hombre de andares acompasados y férrea rigidez caminaba ahora cabizbajo, mostrando una debilidad palpable en los rasgos de su rostro. Sus ojos de verde iridiscencia parecían ahora dos canicas erosionadas por el roce contra el suelo, la esclerótica ya no era la perla que deslumbraba a aquel que se atrevía a observarla antaño y su iris se tiñó de marrón. Las lágrimas, al igual que la lejía, limpian y purifican en pequeñas dosis pero descoloran y secan cuando éstas son elevadas. Quién lo ha visto, quién lo ve y sombra de lo que fue. Aquel ser errante nunca se recuperó, no pudo recuperar esa energía vital que hace que los huesos no se curven bajo el peso del mundo, que los rasgos de la cara abandonen su estado de demacración y se mantengan tersos y relucientes. No, no pudo con aquello. Poco le importaba que aquel éter vital ya no circulase por sus venas y arterias al igual que ya no le molestaba haber perdido el tono áureo y la suavidad de su cabello, podía malvivir llevándose la mano a la cabeza, estirar con fuerza y contemplar con nostalgia el negro y áspero mechón que acababa de extirpar. Había aprendido a convivir con las lágrimas y con la impotencia, ahora amigas íntimas.

Lo que no le permitió recuperarse es que cuando se plantaba frente a un espejo, su columna vertebral se erguía hacia el cielo con una compostura digna de una estatua, la luz que sus verdes ojos le cegaba y el tirón de pelo que en su mano contemplaba negro como el carbón era rubio en el reflejo. Cuanto más se arrastraba por el suelo, más soberbia era la silueta reflejada. Cuanto más se lamentaba uno, más reía el otro. El abismo existente entre aquellos dos entes le hundía en la desolación más terrible que aquella pobre vida conoció. La incertidumbre de no saber quién eres.