sábado, 7 de mayo de 2011

Magia.

Comienza a llover y las primeras gotas golpean en el cristal dando lugar a un sonido que actúa a modo de pregón. La tormenta se acerca y con ella el hechizo que formulan las gotas de agua al precipitar, enfrentadas unas contra otras por alcanzar el suelo antes que su semejante, creando hileras vivas en los cristales de las ventanas, dando vida a una palmera que espera con ansia su visita o a una morera que con alegría recibe las envestidas de las argénteas chispas en sus hojas. Aquel que diga que la magia no existe es porque nunca se ha parado en el alféizar de un ventanuco a contemplar tal espectáculo natural, a ver como un hombre camina sin paraguas, sorprendido ante la espontaneidad del agua o a disfrutar desde su escondrijo de la exhibición que dos enamorados ofrecen al mundo al recibir con desesperación toda la furia que las nubes tenían contenida en sus cabezas, en sus rostros y en sus labios, ahora conectados.

La lluvia cesa, pero el encantamiento permanece en el húmedo tapiz que queda en el suelo, en el aroma a magia recién acontecida o en el cántico de los pajarillos que lamentan la marcha de la tormenta.

La magia queda atrapada en forma de vida.