viernes, 13 de mayo de 2011

Orgasmo.

La vida es una cópula. Desde que tienes constancia de dónde estás, es decir, desde que eres consciente de la vitalidad que fluye por ti o del mar de sudor y saliva en el que te encuentras sumergido; del éxtasis que supone vivir o hacer el amor, solo buscas desesperadamente la prolongación de este estado, eso sí, sin dejar de desear con terrible ansiedad su final. Pretendes alcanzar el súmmum dejando en el camino las caricias, los besos y los abrazos, preparando un buen airón de gemidos para despedirte del proceso, un mecanismo del cual solo apreciamos el momento postrero. Si en vez de pretender la eyaculación, tuviésemos como objeto deshacernos en caricias y en arrumacos mientras tanto, disfrutar del trance y del calor hasta que el orgasmo, como la misma muerte, se abalanzase sobre nuestros cuerpos, siendo algo inesperado al mismo tiempo que deseado, la muerte, tal vez no sería tan mala, al igual que el orgasmo no sería tan bueno; siempre y cuando se viva con intensidad los respectivos preludios.