sábado, 28 de mayo de 2011

Psicotrópico.

Allí estaba, nadando en un mar de petunias y crisantemos, deslizando la voluptuosidad de su silueta entre pétalos morados y campanas coloradas. Yo contemplaba el vello incipiente en la base de la tripa que se destapaba bajo la opacidad de una corola fucsia, parpadeaba y comenzaba a recorrer con la vista los trazos que delimitaban su figura separando de manera física lo mundano de lo fascinante. Paraba, cerraba los ojos y los abría de nuevo, lentamente, aterrado ante la posibilidad de que aquel delirio se hubiese diluido en el jugo de la razón. Seguía allí. Una leve brisa recogía su fragancia junto a la de su guarnición floreada, las mezclaba e impulsaba aquel cóctel por mis fosas nasales, provocando que su esencia detonase en mi cuerpo la más tórrida de las alteraciones vividas. Se incorporó sobre el florido tapiz dejando descubiertos todos los entresijos de su cuerpo. Mi imaginación dejó de trabajar y la sangré se olvidó de abastecer el cerebro de oxigeno. Un olor a vainilla me llegaba a los pulmones en cada respiración mientras veía como el tono níveo de su piel se disolvía en los arrebatos de la brisa. Se ha ido, y con ella, los efectos de la droga.