sábado, 14 de mayo de 2011

Final feliz.

Despiertas del sueño. Una gota de sudor frío se pasea por tu frente mientras intentas ordenar el caos de imágenes que se arremolinan en tu memoria. El mundo se extinguió allí, en aquel lugar onírico del que provienes. La noche caía sobre los tejados de los edificios haciendo fuerza contra el suelo al mismo tiempo que las sombras se esparcían cubriéndolo todo. Aquella capa de tinieblas presagiaba el comienzo de la noche y el final del todo. Intentas recordar tu desenlace soñado y a la mente vuelve el estoicismo con el que afrontaste la extinción. La abrazaste, no te lanzaste a la calle a pregonar el apocalipsis como hacía el resto. Hundiste la nariz bajo su barbilla y succionaste toda la fragancia que tus pulmones podían contener. Le dijiste que la querías y le preparaste la cena a la luz de las llamas que emanaban en corro alrededor del hornillo. Cenasteis por última vez. Os desnudasteis y os amasteis sintiendo la pasión fluir entre las venas y las arterias, conscientes de la fugacidad con la que la canícula de vuestros cuerpos se vaporizaba. Os dejasteis abrazar por la oscuridad terminal tras dedicaros una mirada y os entregasteis al sueño mientras los gritos rotos de aquellos que no aceptan el final se fundían con la penumbra. Pobres hombres y mujeres, pensaste. Pobres porque son incapaces de aceptar que cada noche puede ser la última, porque no viven su última noche todos los días.

Tú dormías ajeno al caos y a la muerte que se respiraba en las calles, como una noche cualquiera.

La gota de sudor desciende ya por la sien y un sentimiento extraño te invade, probablemente sean las consecuencias de estar recién levantado o quizás, te sorprendas al darte cuenta de que no te importaría tener un final así.