domingo, 8 de mayo de 2011

Lágrimas.

Las lágrimas caían en cascada por mis mejillas, se bifurcaban en pequeños riachuelos salados; unos acaban en mis labios, otros se extinguían a la altura de la barbilla y el resto fluía libre hasta encontrarse con la negra densidad de una barba que acumulaba ya un par de semanas de crecimiento. Mientras tanto, yo estaba parado frente a ella, con un cuchillo en la mano. Me preguntaba si fue aquel corte transversal el que le arrebató la vida. Ahora daba igual, las lágrimas seguían naciendo de manera incontrolada. Miraba el cuchillo en mi mano antes de posarlo sobre el cadáver y centrar toda mi atención en continuar con aquella carnicería, en destripar y mutilar con la maestría característica de aquel que está acostumbrado a hacerlo a diario. Cuanto más me cebaba con sus restos y más atención ponía en desintegrar sus entrañas, más fluido lacrimoso emanaba de mis ojos. Recordaba sus curvas revestidas por un cuero tostado y suave; de la forma curva de su cuerpo no quedaba nada reconocible y la piel la deseché, la arrojé a la papelera antes de que la putrefacción se abalanzase sobre ella. Por mucho que me guste comerme sus vestigios, me he jurado no volver a hacerlo, no lo haré de nuevo. No. No volveré a cortar más cebollas.